Tarde en el museo

Catón contempla la fina lluvia que limpia Rabat. Desde su pedestal en el museo arqueológico, el mejor dotado del reino, posa para un puñado de turistas, hastiados por el suave frío invernal del Atlántico africano. Nada que hacer en la ciudad, salvo perderse en las pequeñas salas déco y contemplar astrolabios con gloriosas singladuras a sus espaldas, o puntas de sílex halladas en olvidadas necrópolis del cercano Sáhara. Todo diligentemente indicado y clasificado con etiquetas pegadas con celo al poliespán que da forma a cada conjunto. Autarquía museística a la quinta potencia, pero museo al fin y al cabo, con sus mapas de corcho y fronteras de rotulador Carioca, con sus islas torcidas por el paso del tiempo y su manchas de humedad de tantas tardes lluvia como esta. Con lo que pasaron bajo el sol del desierto, a las piezas de este ecléctico y a veces sin sentido homenaje al pasado glorioso de la patria, su nueva casa les parece el paraíso. Podrían pasar otra glaciación guarecidas allí, soportando amablemente grupos escolares y funcionarios con pretensiones más elevadas.
Nosotros nos conformamos con haber encontrado cerveza en la ciudad, y haber regado con ella un excelente tagine de pollo en el restaurante del Balima, que nos transporta a tantos otros comedores soviético-africanos.
La tarde acaba ante el fuego del hogar, escribiendo y disfrutando de nuestra propia compañía. Mañana nos espera Casablanca.

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