Siempre nos quedará Casablanca

Casablanca deja atrás su efímero pasado Art Déco, lleno de almacenes de tratantes de telas, oficinas de agentes comerciales y despachos portuarios, y se pierde por la gran explanada mirando al mar. Alzad la vista y contemplad la gloria del Profeta, apuntando hacia Occidente en su altar ganado al océano. 500 millones de dólares os contemplan desafiantes, rodeados de los arrabales de la medina en la que Rick juraba que siempre les quedaría París.
Mientras se pone el sol, turistas y lugareños pasean por la parte de los millones que se puede transitar sin pagar peaje adicional. El resto, con sus quilómetros cuadrados de moqueta roja y toda su decoración, se puede visitar si se logra dar con la puerta de entrada. El presupuesto se acabó justo antes de encargar la señalética, para desgracia de los visitantes de Casablanca.
Paseo delicioso por la urbe, sobremesa alargada al calor de la tarde oceánica y del despiste del camarero, que nos traer los cuatro platos por etapas. A la vuelta de la Gran Mezquita que levantó nuestro hermano Hassan II, escenas de fútbol rontondístico, donde se forjan las futuras estrellas del balompié.

El tren nos deja de nuevo en la estación de Rabat Ville, y al poco nos despedimos de la gastronomía local con una suculenta harira en nuestro lugar ya habitual. Mañana, maletas y a casa.

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