Autoestop divino

Nos levantamos sin prisa en Aslihan Motel, solo nos esperan el desayuno y el mar. El plan es que no hay plan, casi como ayer: fotos, lectura, baño, vermut y comida. Un estrés total, intolerable. Nos hemos hecho fuertes en el jardín, en una mesa que va cambiando su posición con el movimiento de la sombra. En las tumbonas impera nuestra ley también, controlamos dos sombrillas que nos dan fácil acceso al agua de color verde turquesa.

Después de la comida, nos conjuramos para poder ver, esta vez sí, las ruinas de Anemurium, donde estaría Anamur si no fuera porque los piratas y los terremotos la hicieron trasladarse a su emplazamiento actual. Una ciudad romana y luego bizantina de la que uno puede hacerse bastante idea con un simple vistazo, gracias a su estado conservación.

Nos hacemos con los servicios de un par de taxistas, con nivel anemuriano de inglés. Por lo menos, uno de ellos lleva una camiseta del Barça, lo que nos ayuda a encontrar un punto común e intercambiar algunas informaciones básicas.

– Ojo, que yo soy del Fenerbahce, tampoco nos pasemos.

Logramos hacerle entender, una vez en la entrada al yacimiento, que no hace falta que nos esperen él y el otro taxista, ya les llamaremos en cuanto acabemos. Este es uno de esos lugares en los que te cobran por seguir caminando por el campo, te abren una puerta y pase usted, un poco de viñeta de Forges. No, jefe, es que yo no soy turista, yo voy a la playa, como cada tarde, se acordará de mí, de mi mujer y de los niños. Le prometo que paso rápido y no miro a los lados, de todas maneras está todo en ruinas, verdad, jefe?

Compramos la estampita y nos adentramos en la antigua Anemurium. Ha valido la pena volver a intentarlo, al socaire de la península que da forma a la bahía se extiende una pequeña ciudad de piedra, con decenas de pequeños edificios y estancias abovedadas mirando al mar. La sombra lo domina todo, el sol se ha escondido tras la montaña, haciendo más agradable si cabe el paseo. Adivinamos un acueducto que mantiene la forma del agua y serpentea entre las casas, y al fondo la muralla que se encarama por la ladera parece querer proteger a la ciudad de todo peligro. El teatro está deteriorado pero el odeón y los baños públicos están en pie y relativamente íntegros.

Seguimos a los nativos y acabamos en una pequeña playa de guijarros limpios y diminutos, que dan al conjunto una apariencia de jardín romano. Solo salimos del agua cuando el señor que nos ha cobrado por entrar viene tocando su silbato: es hora de abandonar la pradera.

Nos rebelamos y decidimos salir siguiendo la ruta de la playa que ayer no conseguimos culminar. Esta vez es más fácil, existe una senda que nos lleva rápidamente a la civilización, incluso conseguimos encontrar un par de cervezas de avituallamiento, mirando al mar, que nos parecen insuperables.

Cuando llegamos al río infranqueable, ya es de noche y claudicar parece el mejor plan. Nos sentamos junto al camino, llamamos a nuestro taxista futbolero y le esperamos mientras hacemos tiempo observando las estrellas que van apareciendo.

Alá que es grande, viendo que el partido del Fenerbahce tiene todavía para rato, nos manda entonces un par de querubines con su furgoneta. Como autoestopistas rurales, nos montamos en el fondo del vehículo entre los aperos de labranza. El querubín B indica al querubín A en medio de la noche cómo llegar a nuestro motel por aquel laberinto de caminos y pistas. Quién necesita GPS si es el Altísimo quien nos guía?

Los enviados de Alá nos dejan en la misma puerta del motel. Adentro nos espera un más que aceptable vino blanco que ayer dejamos a enfriar en la nevera, y que nuestras camareras preferidas nos sirven de buen grado, en medio del festín que una decena de mesas se están dando.

Volvemos a brindar por ellas, por Anemurium y por todo nuestro viaje. Mañana emprenderemos ya el camino de vuelta a casa.

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