Piedra a piedra

Gaziantep se nos antoja una parada de transición antes de llegar a la costa y abandonar definitivamente el sur profundo de Turquía. Dejamos atrás nuestra querida Sanliurfa sin mayores dificultades y montamos en el primer bus que nos lleva hacia aquella ciudad. Tras una cabezadita en el bus, aparecemos mágicamente en sus puertas. El taxi nos conduce hasta el hotel, al lado de la estación con aires soviéticos que parecen estar desmantelando piedra a pieda o arreglando, vaya usted a saber. Algo que hemos aprendido en este viaje es que en Turquía todo es a lo grande, poner por ponerse no vale la pena, nada de minucias.

-En este sitio hacen las mejores baclavas del mundo.

Una vez dejado el equipaje en nuestro hotel, entramos en una cafetería más propia de la Gran Vía madrileña, en una reinterpretación oriental, dispuestos a perder el Paraíso y condenarnos con la fruta prohibida. Al final de la comida, todo correcto, pero el jurado ha confirmado sus dudas acerca del criterio gastronómico de la guía, entre otros. Que ahora nos diga que lo que toca ver es el museo más grande del mundo en lo que respecta a mosaicos, nos lo tomamos a recochineo. Pero son las cuatro de la tarde y ese se nos antoja el mejor plan hasta que el sol se canse de martillear Gazientep.

Entramos en una de esos lugares a lo turco, sin medida ni presupuesto, como si hubiera un mañana. Pero los tesoros de la ciudad romana de Zeugma lo valen, damas y caballeros. No sabemos si es el más grande, pero estos ojos no había visto algo parecido hecho de teselas. ¿Quién pintaría, grano a grano, todas esas escenas que ahora nos miran desde el claroscuro de las paredes del museo? Nos abruman las toneladas de paciencia invertidas, nos abruman tanta delicadeza y buen gusto, arracandos de las aguas de una de esas represas que hemos visto por las carreteras que recorríamos en estos últimos días. Antes de que el fango los enterrara para siempre, como si fuera otro mosaico moderno, todo lo que los ladrones y traficantes de arte no pudieron robar fue trasladado hasta este rincón de Gaziantep, piedra a piedra. Y hay unos ojos, que parecen brillar con una tesela mínima en el centro, que ya se han convertido en el símbolo de la ciudad, los que guardan en el fondo de una cámara, sólo para ellos y para el visitante que se queda atrapado al mirarlos.

La expedición es poco amante de los museos, repasen el cuadernos de bitácora, pero este merecía la pena el viaje hasta aquí. A la salida, decidimos dar un paseo por la ciudad, a catar ambiente. Unos se dirigen al bazar y otros se pierden por los parques que, como la estación, nos transportan hacia el Este. Al rato estamos de nuevo juntos, trazando el plan de mañana, que también nos separará momentánemente, unos a Antioquia y otros de cabeza a la playa.

La cena en el café restaurante con cascada y actuación en cacofonía coordinada no hace falta que la recordemos, no siempre se gana, y en realidad nos damos por satisfechos con haber dado con Zeugma aquella tarde. Los viajes se construyen también así, hito a hito, etapa a etapa, tesela a tesela, todas tienen su sentido.

Mañana, etapa en la carretera, hay que descansar.

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