Déjame enseñarte la luz

El día amanece perezoso en Sanliurfa. Nos levantamos poco a poco, sabiendo que tenemos todo el día para dedicarlo a la ciudad, y que hasta el día siguiente no tendremos que viajar. Hay diferentes planes entre el equipo, para parece claro que será por la tarde cuando organicemos la excursión que nos sugiere la guía. Pedimos precio a nuestro anfitrión pero nos parece algo excesivo, así que el ala negociante de la expedición se lanza a la calles a conseguir un mejor precio y a darse un garbeo matutino por el bazar.

-No vais a encontrar nada más barato -nos dice agriamente el propietario del hotel-.

El resto acabamos tranquilamente el desayuno encargamos la colada y volvemos a nuestras lecturas. Al rato, se monta una tangana bastante inexplicable, entre la familia de refugiados sirios acogidos en el hotel y el guía despechado. La madre sufre una especie de ataque y empieza a lanzar objetos que llevaba escondidos entre la ropa, la da un pescozón al más pequeño de sus hijos y todo acaba con la familia en la calle.

-Llevo dos años trabajando con la UE y albergando refugiados, y hasta ahora no había tenido ningún problema, pero estos últimos se han dedicado a romperlo todo -nos aclara el propietario cuando todo se ha calmado-.

Decidimos movilizarnos y salir a hacer algo, justo cuando las chicas nos dicen que ya han cerrado un trato para la tarde con unos taxistas. Optamos por hacer una operación estética en profundidad en la barbería de Mahmut, camino del bazar. Mientras el abuelo Mahmut se emplea a fondo con el primer valiente del grupo, el padre llega de refuerzo y el nieto actúa de utillero de los dos. La barbería está llena de luz gracias a los espejos repartidos por todas las paredes, y los Mahmut bailan alrededor de las dos cabezas que se miran en ellos. Las tijeras van y vienen, desbrozando semanas de viaje hecha pelo. Cuando llega el turno a las orejas, aplican el método propio de depilación: llama de mechero, tapándola con la mano, primero una y luego la otra, con lo que la habitación se inunda brevemente de un olor a pollo chamuscado. Hay quien se corta incluso la barba, con lo que la operación toma algo más de tiempo. Jabón, brocha, navaja al viejo estilo y bálsamo para curar las heridas. Todo acaba con un enérgico lavado de cabeza en el lavabo que tenemos delante: ahora sabemos qué sentían los viejos vaqueros del oeste cuando llegaban a una ciudad, tras días de cabalgata bajo el sol.

Nos reagrupamos y almorzamos en el bazar. Al acabar, subimos a los taxis que nos lleva a nuestro primer destino: Harrán. Aquí vivió hace dos milenios el profeta Abraham, pero parece que no hay mucho más que enseñar. Durante una hora, avanzamos hacia el sur por entre campos de algodón interminables, regados por un canal con agua de la presa en el Éufrates que discurre paralelo a la carretera. Cuando llegamos a la que probablemente sea una de las ciudades habitadas desde hace más tiempo, ya vemos que a lo mejor sobraba esta parada.

-Yo soy guía oficial, si quieres puedo darte alguna información sobre todos los sitios que se pueden ver aquí.

Cuando alguien te ofrece y rechazas cinco veces ser tu guía y tu luz, se crea un ambiente de mal rollo capaz de acabar con el encanto de la mejor de las postales. Apuramos el té para que no haya una sexta tentativa y le damos unos minutos de cortesía Harran y a sus casas de cupúlas cónicas. Incluso nos animamos a indicar a los taxistas que, antes de poner pies en polvorosa, nos acerquen al montículo desde el que pueden verse las innumerables campañas arqueológicas que todavía tienen pendientes por allí.

Volvemos por la senda del algodón hacia Sanliurfa, buscando la segunda etapa de la tarde. Por el camino, nuestro alegre taxista nos da una lección de turco, repitiendo en su lengua los nombres de cada fruta u hortaliza que ve en aquellos campos. Por fin, llegamos a Göbekli Tepe, una colina que domina la llanura verde. Toda la desidia oficial hacia Harrán, se convierte aquí en metros cúbicos de hormigón y tecnología para el visitante, que brilla por su ausencia. El guía nos señala que tenemos que ver el audiovisual antes de montar en la lanzadera que nos llevara al yacimiento neolítico, desde el que presuntamente se iluminó al resto del Creciente Fértil con las últimas innovaciones agrícolas de aquel milenio. La presentación nos ilumina, qué digo, nos deja ciegos y algo mareados. Sin miseria, no se pueden regatear watios a la cuna de la civilización. ¿Y qué decir de la carpa y la estructura metálica que la sostiene y protegen aquel centro de culto de la Antigüedad?. Desde la tarima por la que nos movemos se distinguen hasta cinco edificios o estructuras, repletas de columnas e inscripciones. El lugar nos cautiva pero se conoce que se les acabó el presupuesto con el centro de recepción y tan luz, y que los carteles explicativos los remató el becario de turno, porque no acabamos de entender muy bien todo el conjunto.

Aun así, regresamos a Sanliurfa satisfechos de haber conocido nuestros orígenes. Tenemos que tirar del hotel más puesto de la ciudad para conseguir una cervecita, y cenar luego en un estupendo restaurante, a cuyos camareros defraudamos con nuestro escaso apetito a aquellas horas. Buenas noches, mañana nos espera Gaziantep.

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Un comentario en “Déjame enseñarte la luz

  1. Aishhhh, se me ha quedado pegada la sensació de las orejas y el olor a pollo frito de la barbería, valientes vaqueros…. Aunque seguro que salísteis relucientes como niños a punto para la foto de la primera comunión!

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