Dancing in the lake

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El día empieza confuso, seguramente por causa de levantarse y no tener inmediatamente un buen desayuno con el que activar nuestras neuronas. Y eso que estamos, según la guía, en la ciudad de los desayunos, como se puede comprobar si se acude a los anales de los récords Guiness, todo según la Sra Lonely. El caso es que nos regalamos un paseo algo absurdo buscando nuestro punto de partida hacia la isla de Akdamar, en pleno lago de Van, pero no muy lejos de la ciudad. El cuerpo nos pide agua y no se nos ocurre mejor destino que ese islote que apenas alberga una iglesia armenia y el típico jardín de té, tan corriente por estos lares.

Por fin conseguimos meternos en un dolmus hacia nuestro destino, algunos sin nada en el estómago todavía. Al rato conseguimos llegar al ferry, que nos espera en un pequeño embarcadero junto a un restaurante en forma de galpón alargado en paralelo a la orilla:

-Estos son los planes que a mí me gustan, todo para nosotros solos. Con esos dos de ahí, ya somos los diez que necesita el barco para zarpar.

Justo cuando alguien en la expedición dice esas palabras mágicas, lo que desembarca es un bus de turismo nacional, con ganas de pasárselo tan bien como nosotros en Akdamar. Bueno, vamos a ello, acaben su té y al lío, a surcar las aguas con la marabunta.

La isla va apareciendo en el horizonte a medida que navegamos hacia ella. Antes de llegar, incluso se ve la cúpula cónica de su iglesia. El pasaje va feliz, sumergido en la brisa que nos libera del bochorno que se cierne sobre nosotros a esas horas de la mañana. ¿Pero quién querría ir a una isla del Mediterráneo teniendo este lago, tan azul y tan grande que se pierde la vista?

Por fin arribamos, y todo el mundo desciende a tierra. Damos paso al grupo de turistas nacionales, un respecto por favor, y a continuación también sacamos nuestra entrada para conocer el interior de esa pequeña joya de arte religioso.

Ahitos de lo mejor del talento armenio para hacer bajorrelieves y pinturas murales, nos dirigimos hacia el agua, que en el fondo es a lo que veníamos, no nos pongamos exquisitos. Exploramos todas las sombras en la playa de guijarros al pie de la iglesia, y al final un almendro algo tupido nos deja instalarnos bajo su copa. El agua está en su punto, aunque notamos que es más salada de lo que pensábamos, incluso que tiene un saborcito algo extraño. ¿Será por eso que este mar interior apenas tiene público? ¿Dónde están los peces y los pescadores? ¿Eso que está flotando allí, qué es? ¿Y las gaviotas muertas en la orilla? Preferimos seguir nadando, al fin y al cabo los locales también ha venido a darse un chapuzón, aunque en la otra playa, la que está limpia y todo el mundo sabe que es la buena, como comprobamos al vestirnos y volver sobre nuestros pasos en dirección al barco.

Nos sentamos en el jardín de té, observando la inmensidad del lago. Momento lectura que deriva en una siesta con hilillo de baba, haciendo equilibrios sobre las sillas de plástico en la ladera que desciende suavemente al agua. Sólo nos despierta el barco de las dos de la tarde, que trae un grupo de kurdos iranís, degustando sus vacaciones y proclamándolo al viento. Van armados con un equipo portátil de unos 200W y semejante discomóvil sustituye en un momento a la leve brisa que nos arrullaba, haciéndose con el islote.

Al rato de despertarnos con los grandes éxitos discotequeros de Persia y Oriente Medio reloaded, decidimos que es momento de volver a la otra orilla y comer algo. Debe de ser la hora de comer para todo el mundo, porque detrás de nosotros nos sigue ese Kurdistán on fire. Nada más subir, se instalan en la cubierta superior, formando un corro y una pista de baile que nada tiene que envidiar a la que recorría Toni Manero. Los que intentamos leer en la cuberta inferior, tememos lo peor: el techo se contorsiona, arriba y abajo, al ritmo de aquella Studio 54 kurda. El comando de las montañas ha ocupado cada rincón del barco, y el capitán solo puede avanzar porque conoce el camino de memoria, el pasaje se contonea en proa y popa,  a babor y a estribor. Algunos de los miembros de la expedición que se dan al voyerismo antropológico, acaban haciendo la yenka también. Nadie puede resistirse a la alegría desatada de las montañas.

Por fin llegamos al embarcadero y el akelarre lacustre se autodisuelve. Como si no hubieran roto un plato, se dirigen hacia su bus y nos dejan comiéndonos unos pescaditos en aquel galpón de madera.

-Son del lago, legítimos.

¿Qué nos puede pasar ya? Acabamos nuestra comida y esperamos junto con el patrón del ferry en la carretera a que llegue nuestro transporte hacia Bitlis. Por el camino, los controles de policía, con tanquetas y torres de vigilancia nos dan la bienvenida a la parte turca del Kurdistán. Ya en Bitlis, tomamos dos taxis para llegar al Motel Bates, versión local. El Norman Bates de turno es tan nuevo en el oficio que acepta sin rechistar que ha metido la pata con la reserva, y nos instalamos por un puñado de liras en su magnífico establicimiento.

Después otro taxista nos lleva a cenar algo al pueblo, es tarde, pero siempre hay tiempo para encontrar una çorba en este país, hasta para tomarse una foto con el taxista de vuelta. Estamos exhaustos de bailar hoy, mañana más.

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