Un decorado perfecto

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Queridos viajeros: hoy les proponemos una excursión en barco por el estrecho del Bósforo, buscando los confines del Mar Negro. Suban a bordo.

Nos ponemos en marcha después de comprobar que nuestra teleserie favorita no va a acabar esta semana ni en broma, por las caras que ponen sus apuestos personajes. En el muelle junto al puente de Galata empienzan nuestras pesquisas sobre el muelle del que partirá el tour, pero rápidamente damos con la horda de turistas que aquella mañana han tenido la misma brillante idea. Aun así, embarcamos sin mayores problemas y nos acomodamos en cubierta para ver desfilar puentes, palacios y barcos de todo tipo, en un trasiego sin fin de cualquier clase de mercancía entre un lado y otro del mundo.

Como un Nueva York recién estrenado, la ciudad hace de centinela del canal, sustituyendo a las antiguas fortificaciones por monstruosos edificios forrados de cristales herméticos. Nuestro vapor avanza entre el desfiladero de montañas, recalando en pequeñas estaciones de suburbios cada vez más lejanos de la metrópoli. En cada pasarela nos espera un grupo de turistas, locales y extranjeros, esperando un jalón para escapar del bullicio de la ciudad. Vamos saltando en puerto en puerto, repitiendo sistemáticamente la operación de atraque en cada nueva orilla: lazo, vuelta y vuelta, maniobra adelante, maniobra atrás. La trenza plástica de color amarillo se estremece con cada movimiento y los neumáticos del muelle se desmenuzan un poco más para amortiguar el golpe del barco contra las tablas del embarcadero.

-¿Qué villa nos vamos a comprar, querida?

Estamos indecisos, no sabemos con qué propiedad hacernos en aquella réplica marina del lago de Como. En esa discusión, aparece el tercer puente colgante y la línea del Mar Negro da forma al horizonte. Decidimos pararnos en Rumeli Kavagi, sin más objetivo que esperar el mismo barco de vuelta a Estambul en unas horas. Cien metros más allá del muelle, ya hemos visto todo el pueblo y es evidente que el único plan posible es refrescarse en la aguas del Bósforo.

-Allí adelante, a dos minutos, tienen cuatro playas. Dos mixtas, una solo para mujeres y otra para el ejército.

El vendedor de bañadores soluciona el pequeño descuido que hemos tenido en nuestro equipaje y nos indica el camino de los balnearios. Con el primero nos sorprendemos, pero en el segundo comprobamos que para bañarse aquí, antes hay que pasar por taquilla. ¿Y podemos sentarnos en una tumbona bajo la sombrilla? Ah, no, eso no va incluido en la tarifa.

Nadamos entre las familias que pasan ese viernes de julio a remojo, yendo y viniendo de una boya que se mueve con el oleaje que provocan los barcos al surcan el canal. Ferris, cargueros y tanques de gas ruso van y vienen de Occidente ante nosotros compitiendo con las chalupas de los pescadores, mientras chapoteamos divertidos por ese ajetreo.

Cuando aparece la primera nube en el horizonte, miramos el reloj y pensamos que es el momento de buscar algo para comer antes de que nuestra embarcación vuelva a recogernos desde la orilla de enfrente. Elegimos el primer restaurante junto al agua, pared con pared con la estación marítima para evitar riesgos. Una simpática camarera nos atiende y suple su escaso inglés y nuestro inexistente turco, trayéndonos en una bandeja un surtido de todas las especies de pescado que puede ofrecernos. Este, ese y aquel, señora. ¿Cerveza no tendrá, verdad?

Damos cuenta de la pesca del día y en unos minutos volvemos a presenciar la ceremonia del amarre en el muelle. Atravesamos la pasarela y regresamos por el mismo camino hacia Estambul, pero decidimo seguir alguna recomendaciones llegadas a última hora. Nos detenemos en Üskündur para observar ese nuevo Manhattan que se alza ante nosotros, tomar te y pasear un rato junto al mar. Como la distancia hasta Moda, el barrio de moda, se nos antoja superior a nuestras fuerzas, tomamos un par de taxis. Momento despiste y desencuentro que se soluciona con relativa rapidez, en medio de una muchedumbre que quiere acabar la tarde ante un refresco y una buena conversación en cualquier terraza.

Recorremos Moda hasta que el hambre nos reclama. Antes las diferentes recomendaciones, optamos por probar una magnífica pide y unos manti con yogur que nos sirve nuestro amigo Y. Y es uno de esos represaliados por el nuevo régimen, que en vez de seguir investigando sobre polímeros en la universidad de Hamburgo o Lisboa, está aquí aconsejándonos sobre la gastronomía turca para ganarse la vida.

Volvemos hacia el Cuerno de Oro pensando enY., y en todo lo que esconden aquellas calles y villas disfrazadas de felicidad estival. Mañana seguiremos navegando.

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