Restaurando que es gerundio

IMG_5104.JPGHoy toca día de turismo grueso en Estambul. Nos mentalizamos de que nos aguardan bastantes metros lineales y hora de cola por delante, mientras vemos el siguiente capítulo de La Pasión Turca en el sótano de nuestro hotel junto a nuestra camarera para todo. Cuando acabamos las aceitunas y el té, intentamos salir por la puerta pero un chaparrón nos atrapa. Siempre falta tiempo para leer durante el año, así que bienvenido sea cualquier imprevisto para seguir con nuestra novela mientras vemos diluviar tras los cristales.

Cuando escampa, nos dirigimos hacia el tranvía y subimos hasta la antigua acrópolis. Lluvia de nuevo, ahora sin novela que valga. Nos abrimos paso entre los toldos de los restaurantes ya preparados para engatusar al primer turista que pase, los maîtres no entienden que no nos paremos para leer la carta, sino para tomar impulso entre los chuzos de punta hasta la próxima terraza. Por fortuna, hemos elegido la Cisterna de la Basílica, donde la lluvia ha ahuyentado a toda la fila, y sólo nos paramos para abonar el impuesto revolucionario correspondiente.

Viendo el nivel de iluminación abajo en la catacumba, no nos extraña que pidan un donativo para bombillas. Tenemos que hacernos una idea de lo que debió y debe de ser todavía tamaña cisterna, una especie de bosque de columnas surgiendo del agua. Dejamos atrás un extraño número de señores fotografiándose vestidos de reyes magos, y nos adentramos por la pasarela sobre las aguas. Cuando el iris se acostumbra a la oscuridad, vemos que no hay agua y que la negritud en la lejanía son unos toldos que protegen la zona en restauración de la que el populacho se esfuerza en visitar e inmortalizar para la posteridad.

[Paréntesis en las tinieblas. Resulta increible la cantidad inabarcable de fotografías y videos absurdos que la gente hace a lo largo de un día, cuando se meten en su papel de turistas. Aquella especie de room escape era testigo de poses y encuadres totalmente demenciales. Se pelean, contorsionan y paran el tráfico de personas por obtener magníficos retratos de sus personas queridas, con espectaculares vistas a la nada. Oye, muy animado Estambul la nuit. Que no, que es un sitio que sale en una novela de Dan Brown, qué sabrás tú si no has viajado nunca.]

Un poco cansados de quemarnos la retina, salimos a la superficie y buscamos Santa Sofía. La lluvia ha dejado paso a un sol de justicia, justo para hacer cola. Con unos pretzels y algo de ingenio, la cosa pasa más rápido de lo previsto. Nos disponemos a alucinar bajo la cúpula dorada cuando un andamio de 50 metros de altura nos da la bienvenida. Malditos roedores. En algún sitio de la frontera había un cartel que anunciaba que 2018 era el año de la restauración y no lo vimos.

Aun así, recorremos la mequita y antigua catedral, y conseguimos extasiarnos ante el esplendor de Bizancio.

Hora de comer, volvemos a los toldos donde los camareros ya ni nos miran a la cara. Recorremos la calle e identificamos un lugar donde sirven kebabs y sólo quedan lugares junto a los fogones.

-¿Cóomo que no hay sitio fuera? Mohamed, saca las mesas de reserva.

En un periquete nos convertimos en el reclamo publicitario de los gemelos que regentan el local, y que afirman cocinar el mejor durum de pollo a este lado de Asia Menor, que evidentemente es al que le falta más carne que cortar. En una mesa improvisada en medio de la calle, damos buena cuenta de sus especialidades, antes de seguir con nuestra sesión de turismo grueso. Le toca el turno a la Mezquita Azul, esta vez sin más cola que la que la operación de descalzarse y el mareo inducido por la masa de pinreles de turistas hartos de caminar, provoca en ellos mismos.

-Yo recordaba el techo un poco más alto.

No hay dos restauraciones sin tres. Bajo la magnífica cúpula de la más encantadora de las mezquitas, han levantado un andamio decorado de tubos fluorescentes, con aspecto de querer quedarse un buen tiempo. La visita es corta, la indignación nos aconseja evacuar nuestro calzado radiactivo y deja la alfombra para quien venga a encontrarse con Alá.

-Ahí dice que la mitad de las salas de Topkapi está cerrada.

Estamos a punto de no comprar la entrada para la última maravilla del dia, sospechando que como el resto de la escudería, continúa en el taller de reparaciones. Alá ahoga pero no aprieta, y nos manda una señal para que entremos y nos dejemos regalar una tarde magnífica en los jardines de la residencia de los sultanes.

A la salida, culminamos la visita a la acrópolis con unas vistas desde el restaurante más exclusivo que encontramos. Una cena sin pretensiones nos restaura el estómago, mañana nos espera el Bósforo.

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Un comentario en “Restaurando que es gerundio

  1. Ohhhhhhhhhh, chicos, vaya con esos restauradores roedores… Ánimos, y no os dejéis vencer ni por la lluvia ni por la conservación del patrimonio!

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