¿Crisis?¿Qué crisis?

IMG_4939La noche anterior habíamos llegado cómodamente a nuestro destino, Salónica. Una vez superamos la tómbola de nuestra aerolínea preferida y otros ritos aéreos tradicionales (por suerte, tuvo la deferencia de retrasar unos días su tradicional huelga estival), llegar al trastero reconvertido en cuchitril para turistas de Dimitris fue pan comido. Tuvimos que preguntar a algún vecino en posición de sacar el perro a pasear a esas horas si, efectivamente era Dimitri, pero al final de la calle allí estaba, con su taloncito de recibos bajo el brazo y la lista de interruptores e instrucciones en la cabeza.

Al día siguiente, nos lanzamos a las calles de la cuna de Atatürk. Después de un café de parada de autobús de lo más fashion (no, no queremos hielo a estas horas), empezamos a comprobar lo que se intuía la noche anterior. Es cierto. Lo de la crisis griega es una leyenda urbana: parques con el césped cortado, autobuses que funcionan, flamantes universidades de diseño, bares llenos de gente con cara de haber pagado su crédito, y todo un cúmulo de evidencias que nos hacen incrementar algunos enteros nuestra germanofilia. Seguimos paseando, después de un estupendo desayuno digno de nuestros años de interrail, y ganamos el Mar Egeo. Ahí lo tienen, repleto de mercantes moviéndose entre oriente y occidente, el orgullo de los armadores griegos, como si no hubiera habido intervención de la UE ni nada, a todo trapo. Por el paseo marítimo seguimos constatando el tocomocho griego, al descubrir la mejor arquitectura del siglo XX mirando a la bahía que se abre ante la ciudad.

Cuando se pone a diluviar, estamos cómodamente sentados en una oficina bajo los soportales de la plaza Aristóteles, mientra la encargada de la agencia de viajes escribe nuestros nombres en los billetes del autobús que esta noche nos llevará a Estambul. Antes de comer en un bar que reconfirma nuestra compresión hacia la vehemencia negociadora de Merkel, intentamos entrar en alguna iglesia, empujados a medias por el chirimiri persistente y las ganas de cultivarnos.

Elías, nuestro guía y politólogo local, por fin llega al punto de encuentro convenido:

-Si os gusta escalar, podemos ir hacia la parte alta de la ciudad.

A pesar de las trampas del lenguaje, conocemos los mejores rincones de Salónica sin usar el piolet. De arriba a abajo, visitamos antiguos hammanes hechos cines de verano, rastrillos y mercados a punto de hipsterizarse, y bares que ya han caído en las garras de lo cool, de aquellos en los que te tienes que pedir la cerveza más barata de la carta, se llame como se llame. Menos mal que ahí está la industria germana dándolo todo, sino nos cuesta un agujero el bolsillo.

Elías vuelve a nuestro encuentro, después de haber visitado algunas opciones de inversión inmobiliaria en la ciudad (lo dicho, lágrimas de cocodrilo en Atenas). Antes de despedirse, nos hace un tour exprés buscando una delicatessen griega, un lugar a la altura de tan buen guía. Cuando la mochila está a punto de caerse de nuestras espaldas, damos con el sitio.

-Todo lo que hacemos aquí es vegano y de km 0, decidimos el menú según lo que compramos en el mercado a diario. Por eso la carta está escrita a mano.

¡Por Zeus! Las palabras del camarero, con un perfecto acento y modales de Cambridge, generan el pánico en la expedición. La crisis griega ha terminado y nosotros sin enterarnos, siéntense y disfruten de la única experiencia gastronómica digna del viaje mientras nos mira la exposición temporal del fotógrafo griego de moda, el resto del periplo va a ser el festival del chopped.

Cuando llega uno de los mejores pescados y mariscos que hemos comido en mucho tiempo, las apuestas sobre el precio del banquete que corren entre tan experimentados mochileros van muy arriba. Hemos venido a jugar, pásame ese cangrejo y ponme un poco más de vino. Tratamos de disfrutar del momento, sin pensar en la dolorosa, y al final Poseidón, dios de todos aquellos animalitos marinos que nos hemos zampado sin miramientos, intercede para que sigamos con vida y con algo de efectivo en la cartera, por lo menos hasta Estambul.

¿Crisis? ¿Qué crisis? Dos taxis a la estación, sin miserias. Esto no ha hecho nada más que comenzar.

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