Rumbo al hospital

IMG_7977Día de espera. Nos despertamos con las noticias de lo que ha pasado en Barcelona y muchos mensajes en el móvil, preguntando si estamos bien. Bien, afortunadamente, pero cansados todavía de la paliza de ayer. Desayunamos lo que queda en la nevera de nuestro ángel de la guarda y nos reunimos con el resto del grupo en la otra casa base. Tenemos un par de bajas, sí, que se quedan dormitando mientras el resto salimos a comer algo en el centro comercial más próximo.

Encargamos unas hamburguesas en el único sitio que encontramos abierto, un fast food que nunca fue fast, y donde la food tampoco es memorable, ni siquiera la que le hemos pedido exactamente a la somnolienta camarera. Pero bueno, nos llena el estómago, a precio VIP burkinabés, y con eso podemos seguir camino.

En el hotel que Gaddafi levantó en la ciudad cuando era un prócer africano, nos vuelven a dar cambio y nos deshacemos de nuestros francos. Retenemos algunos para poder acceder a la piscina y acabar de pasar el día, leyendo, nadando y viendo cómo cae la lluvia sobre el agua.

Compramos algo de comida en el súper y volvemos a casa. Una pasta, las maletas y para el aeropuerto.

Una de las bajas parece que es malaria, hay crisis en el grupo. ¿Volamos o no?¿Pastillas de qué color y cuántas? ¿Aguantará tanto tiempo de vuelo? Nuestro ángel de la guardia nos lleva al aeropuerto y empezamos a saltarnos los controles que nos cierran el paso, y que miran con evidente suspicacia a nuestra compañera. Nada, nada, que le duele la cabeza. ¿El papel del médico autorizándola a volar? ¿Pero usted cree, señor policía, que si estuviera muy enferma la meteríamos en el avión? Se nos cae por los pasillos, vomita delante del agente que le toma las huellas dactilares y sin saber cómo, sube las escalerillas del avión, apoyada en el resto, como si tuviera una curda monumental. ¿Prueba superada? No. El señor piloto, como en las buenas pelis de suspense, es el último obstáculo. Fírmeme un papel conforme viaja bajo su entera responsabilidad.

Estamos dentro. Al final, el azafato nos cede tres asientos al final para que la enferma repose durante el viaje a Estambul. Unas horas después, el sol del Egeo aparece por la ventana. Parece que lo peor ha pasado, unas horas de espera en el aeropuerto y rumbo a casa, mejor dicho a la unidad de enfermedades tropicales del primer hospital que encontremos.

Fue un placer viajar de nuevo con ustedes, hasta la próxima.

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