Bajando de la montaña

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Hoy toca trekking, la expedición necesita una pausa y olvidar tantos kilómetros de carretera, sabiendo los que nos quedan todavía ante el regreso inminente. Así que le pedimos a Fousseni y a su ayudante que nos lleven al Monte Agou, que es el más alto de Togo aunque solo sobrepase, a duras penas, los novecientos metros. El cocinero, como el albergue mismo, están a nuestra entera disposición, tal es el tráfico de viajeros y turistas por Kpalimé. Viene, nos prepara una tortilla, pan con mantequilla y mermelada, y té, con lo que estamos listos para subir el Everest si fuera el caso

  • Hay que pagar a un derecho de entrada al ministerio – nos advierte Fousseni-.

Nos dirigimos sin miedo al monte, a unos 20Km de la ciudad. Cuando pasamos por delante de la caseta de entrada, Fousseni y su lugarteniente hacen un amago de simpa, avanzando unos metros. Algo se huelen, cuando al pararse, nos dicen que mejor no salgamos de la furgoneta.

Fousseni vuelve con malas noticias tras parlamentar con el cobrador del frac, disfrazado de guardaparques. Son 5.000 FCFA por persona, acabáramos, el ministerio le va a tomar el pelo a su prima. Mientras nuestro chófer intenta la negociación, una procesión de gente circula por la carretera de entrada sin hacer ademán de echarse la mano a la cartera, o le que fuere en estas tierras, con lo que la sensación de tocomocho turístico es inevitable.

Como no hay tutía con el funcionario ni manera de entrar a la montaña más allá de esa pista, decidimos activar el plan b, el Monte Kloto.

A la entrada, nos recibe el líder de la banda local de guías turísticos. 2.500 FCFA del ala por barba, porque él lo vale.

  • Pero la entrada esta, ¿para qué es?
  • Señora, es un poblado turístico y hay que mantenerlo -dice el cabecilla, mietras al fondo se ve una caterva de guías en posición horizontal, reestresados pensando cómo van a arreglar, el día menos pensado, la carretera que tienen detrás, con más agujeros que las calles de Sarajevo en 1995-.

No quiere entender que no necesitamos guía y que las pinturas locales no nos interesan, sólo queremos caminar hasta la cima del monte. Está prohibido, monsieur, o me das la manita, o no puedes entrar, no vaya a ser que te pierdas. La negociación se pone dura, hay un amago serio de mandar a paseo la excursión, pero al final aceptan un trato excepcional.

El camino al monte es suave. Pasa por un pequeño hotel y luego sigue hasta las antenas que coronan la montaña, donde unos albañiles están rematando unas nuevas instalaciones turísticas, absolutamente imprescindibles visto el insostenible déficit de plazas hoteleras en la región y el país en general.

Nos instalamos, admirando el paisaje, y devoramos a Titus y sus sardinas, acompañadas de los imprescindibles aguacates, que vamos a echar mucho de menos. En la cima, un grupo local está en plenos ejercicios espirituales. Mientas el catequista reflexiona sobre el bien y el mal, su auditorio permanece extasiado oteando el horizonte, buscando Ghana con la vista, o dormita en la hierba con un cirio en la mano, esperando la llamada del Señor para incorporarse de la siesta campestre.

Bueno, ahí empieza nuestra vuelta a casa, con ese descenso bíblico desde la montaña. Le hemos dicho a Fousseni que nos deje ahí, que ya nos las apañaremos para cubrir los doce kilómetros hasta el albergue. Para allá vamos. El pelotón se fracciona en varias partes, según las diferentes velocidades con las que avanza y el interés por los hits turísticos que nuestro mapa indica por el camino. Unos se adentran a ver aquellas pinturas tan interesantes, mientras que otros persiguen la huella germánica en el lugar. De nuevo, Fousseni, como un verdadero ángel de la guarda, hace de coche escoba y consigue reagruparnos a todos en el albergue cuando la noche se cierne sobre el valle.

De nuevo cenamos en Chez Fany, haciendo tiempo para que nos lleven en taxi de vuelta a Lomé y tomar nuestros bus nocturno hacia Ouagadougou, en la peor etapa del viaje.

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