Puertas en el campo

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Desayunamos en la deliciosa terraza de Le Galion, mientras averiguamos cómo llegar hasta Kpalimé, nuestra próxima etapa en el viaje. Dos taxis tope gama nos llevan hasta la estación de minibuses y nos hacemos con los servicios de Mustaphá por el precio indígena. Por una casualidad de la vida volvía hacia casa y con todo el grupo casi llena de golpe su furgoneta roja, en cuyo techo coloca nuestros equipajes.

El camino nos aleja de la gran ciudad y nos introduce en un país de plantaciones de café y cacao, en medio de pequeñas montañas y una espesura poco vista hasta ahora. Nuestro chófer nos deja en el albergue y casi sin descargar la baca de la furgoneta, organizamos la excursión del día. Fousseni, hermano menor de Mustaphá, se hace con los mandos de la nave, y nos conduce a la cascada de Wome, siguiendo un tortuoso camino por las colinas.

En Togo, estimada audiencia, para entrar en el campo hay que pagar, son las cosas del progreso y la modernidad. Así que cuando llegamos a la barrera gubernamental, descendemos de la furgoneta roja y un funcionario nos extiende una salvoconducto, a modo de autorización ministerial, para darnos el chapuzón. La asociación local de guías turísticos, viendo el filón, ha instalado algunos kilómetros más allá otra barrera donde te dan otro papelito, no tan flamante, a cambio de abonar otro impuesto revolucionario. Los que se dedican en el grupo a coleccionar recibos y otros souvenirs en papel, para luego pegarlos en su diario de viaje, están encantados.

Afortunadamente, la cascada de Wome es una maravilla, un salto de agua en medio de un pequeño circo de roca, rodeado por cafetales y bananeras, al que se accede descendiendo una escalera casi vertical. Nos bañamos, rodeados del turismo local, al que miramos fijamente para adivinar si también han contribuido a las arcas ministeriales y del movimiento excursionista. Aguacates y atún con pan, y una de esas deliciosas piñas, nos sirven para hacer un camping, mientras los locales se hacen selfies fumando con un ipad, sin mojarse más que los tobillos. Es el progreso, de nuevo.

Volvemos por el mismo camino de cabras y nos damos una vuelta por Kpalimé, buscando los regalos pendientes. Fousseni nos intercepta, casualmente, y nos lleva a Chez Fanny, donde degustamos una excelente cena, en el mejor restaurante de la ciudad. Poco más que descansar y esperar el día de mañana, nuestra última excursión en Togo y en todo el viaje.

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