Tiempo libre

Hoy es uno de esos días libres que colocan siempre en medio de los programas de los viajes organizados, bien sea porque al programador no se le ocurre nada más que enseñar, bien sea porque hay que dejar de agobiar a los pobres turistas que ponen irreflexivamente su ocio en manos de estos individuos.
Por ejemplo, pongamos el caso de nuestra amiga Roser, residente en Barcelona, a punto de jubilarse ya, de viaje por Benin descubriendo los secretos del vudú, cuando coincidimos con ella en el Auberge Grand-Popo. Se apuntó a última hora a un grupo que estaba a punto de partir para estas tierras, mejor eso que quedarse en casa, tú, se apuntó al grupo de whatsapp y parecía que todo había quedado claro. Animalista convencida, podríamos decir que militante, le dijeron que lo del vudú era como aquello que hacen en Cuba, esas señoras que fuman puros y visten de un blanco elegante, con tocados en sus cabezas. Qué va. ‘Cada día nos meten en una cabaña en un poblado diferente, se ponen a saltar y a aullar, y se lían a matar pollos como posesos. Tengo plumas por todas partes. Ya les he dicho que no cuente conmigo, yo me quedo fuera de la cabaña la próxima vez. Necesito tiempo libre.’

Pasamos nuestro tiempo libre leyendo, desayunando, escribiendo, viendo cómo el mar azota la playa. A alguien se le ocurre que por la tarde podríamos hacer la excursión hasta la desembocadura del Río Mono, como si écharamos de menos el frenesí viajero de todos estos días. Así que mientras unos van a conseguir víveres y montar un picnic con sardinas Titus para compensar el gasto en aquel lugar tan chic, los otros negocian el precio y las condiciones de la expedición.
Después de dar cuenta del bocadillo playero, aparece nuestro intermediario y el guía. Nos suben a su coche y en unos minutos estamos encima de la barca con la que recorremos el esterno donde acaba su curso el río.

– Primero vamos a ver la isla de los pájaros, luego el poblado donde fabrican la sal y al final la boca del río. Y si os interesa, podemos volver hasta la casa portuguesa río arriba. Voilà le programme.

Efectivamente, recalamos en un manglar lleno de pájaros y minutos después llegamos a un poblado donde su gente se afana en descargar leña, enmedio de unos pequeños túmulos de arena que protegen de la lluvia con ramas secas. Luego nos conducen a una especie de cabaña del sudor, saturada de vapor por un horno que hace cocer tres palanganas de salmuera.

– Se lava la tierra con agua de mar. Si al tirar frutos de palma estos flotan, el agua es suficientemente salada. Si no flotan, hay que poner más tierra, y seguir lavándola. No es cualquier tipo de tierra, no creáis, y si lo hiciéramos con agua de mar, no daría prácticamente nada de sal. Luego el agua se hierve en esas palanganas hasta conseguir los montones de sal que veis ahí.

Salimos de la sauna tropical y el guía nos ofrece un coco, al ver a una de las lugareñas sentada en una montaña de ellos, pelándolos con un machete. Se intercambian algunas frases en su lengua y aunque parezca mentira, lo que veíamos no eran cocos. No hay cocos, coño, ya está bien con el turismo.
Seguimos el viaje y llegamos hasta la desembocadura, donde paseamos un rato. De vuelta, desembarcamos en lo que fue una casa de comerciantes portugueses, ahora totalmente en ruinas. Nuestro guía se despide de nosotros, justo en el momento en que aparece el intermediario, que parece haberse bebido de un solo trago toda su comisión.

Volvemos a Victor’s Place para cenar y le pedimos ayuda para salir mañana hacia Lomés. Pas de souci, mes amis, iros a descansar tranquilamente.

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