Pretty people by the sea

Hoy, en realidad, seguimos el programa sugerido por monsieur Pascal, nuestro anfitrión, el día anterior. La parte de levantarse temprano para evitar el duro sol de estas latitudes nos la saltamos, asi que nos regalamos un largo desayuno y partimos cuando nos place. Pasamos por la panadería industrial junto a nuestro albergue y seguimos avanzando por las calles de Ouidah, siguiendo la ruta que llevaba a los esclavos hasta el mar. El camino es largo y sol nos golpea, las nubes nos parapetan a duras penas. Los guías van apareciendo entre los highlights que jalonan la ruta, en forma de mojones con formas humanas y animales. Después de un par de horas,vemos la puerta y el océano inmenso, el punto de no retorno para tantos infelices.

– No se puede pasar, tiene que hacer la visita conmigo.

Nos quitamos al último guía trampa de encima casi sin mirar su acreditación, cruzamos las puerta y nos avalanzamos sobre la playa. La costa parece infinita, una especie de acantilado, una pared de arena contra la que baten las olas sin piedad ni descanso. Hay algunas palmeras al fondo, algunos turistas locales y blancos, que parecen animarse detrás nuestro. Un baño salvaje, ¿no? Intentando no perder el equilibrio, bajamos por la rampa de arena y agua cada vez más. La fuerza del mar es realmente impresionante, pero conseguimos
refrescarnos. Un muchacho local nos pide que le llenemos una botella con agua del mar, tiene tanto miedo que lo observa a una prudencial distacia del escalón que da forma a la playa.

Nos sentamos y descansamos de nuestro combate contra las fuerzas de la naturaleza. De repente, una turba se avalanza hacia nosotros y nos rodea. Es un grupo de estudiantes nigerianos, de viaje de fin de carrera. Causamos furor y tenemos que posar una y otra vez antes sus móviles, que nos toman fotos en parejas, trío o grupos hasta la saciedad. Parece la típica maniobra para desplumarnos en medio de la nada, pero no, están realmente exultantes de estar allí con aquel grupo de blancos. Aun no teniendo poco más de veinte años, algunos van con sus hijos pequeños colgados del cuello. Otros tratan de intimar y de saber algo más sobre nosotros, intercambiar correos y teléfonos. Por favor, que alguien traiga cervezas y comidas, esto es una fiesta playera en toda regla.
Pasado un rato, se despiden de nosotros y siguen su camino. Nosotros nos inclinamos por seguir los buenos consejos de Pascal e ir a buscar el restaurante con piscina cercano que nos ha sugerido, con descuento incluido por ser sus clientes.
Efectivamente, a pocos metros de allí se alza una especie de monumento inacabado al desarrollismo africano. Una especie de patio con piscina interior y forma de parquing en superficie, una sala inmensa llena de mesas y sillas esperando a su público. Nos acomodamos en la parte que se abre al mar, encargamos unas pizzas y nos entregamos a la piscina de agua salada, nadando arriba y abajo un buen rato. Tarde de lectura y saltos desde el trampolín, estilo bomba.
Paseo de vuelta, con la luz del atardecer. La ciudad ha entrado en una especie de frenesí, alguien nos explica que al día siguiente se celebrarán muchos entierros. En Benin, estos suelen tener lugar durante una temporada y unos días señalados, como las comuniones en casa, para que las extensísimas familias puedan reunirse y asistir. Vemos a multitud de personas ataviadas con telas de idéntico dibujo, furgonetas cargadas de sillas de plástico de alquiler, equipos de música a toda pastilla, patios engalanados, DJ saludando a las familias desde sus púlpitos repletos de potenciómetros, esperando que empiece la celebración o calentándola con los grandes éxitos de la salsa beninesa.

Nada es igual en África, sobre todo la muerte, que parece reconciliar el cielo y la tierra. De eso hablamos durante la cena en nuestro albergue. De eso y de las aventuras de monsieur Pascal, que tardó casi tres meses en llegar desde Francia en la mobylette que ahora se pudre en el patio, y que cuando pinchó por primera vez, le marcó aquel lugar para que diera con sus huesos, quizás esperando uno de esos entierros algún día muy lejano.

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