Pescando en Grand-Popo

Buscamos una moto y pedimos que nos lleven al carrefour Gbenan, donde todos los taxis pasan o esperan la oportunidad de llevar a alguien a donde sea. Está lejos de Chez Pascal, en la ruta que debe llevarnos a Grand-Popo y la albergue que días atrás reservamos. El motorista nos conecta con el jefe del lugar, un hombre grueso y decidido, que con un par de llamadas organiza nuestro viaje. Otro zem nos deja en otro punto de la ciudad, en manos de Emmanuel Santos, uno de esos descendientes de brasileños, que acepta el precio y las condiciones previamente decididas sin rechistar. En Benin, todo pasa por la supervisión de un grand chef en las estaciones de bus o en esas paradas invisibles de taxis, en medio de la carretera, ante cuyas decisiones no hay nada que apelar ni discutir.

El Auberge de Grand-Popo es justo lo que esperábamos, un sitio tranquilo, con clase, frente al mar, donde simplemente descansar este fin de semana. Tiene el mismo aire que el que conocimos en Abomey, pero con una piscina con dos chorros algo destartalados, como si fuera un spa un poco rústico, y un bar que se levanta sobre la arena de la playa, en medio de un palmeral. Encargamos algo de comida y nos acomodamos, dejando pasar la tarde.
De repente, aparece por la ventada una red de arrastre kilométrica, de la que se cuelgan 50 o 60 pares de brazos, al ritmo de un cencerro que alguien va repiqueteando ritmicamente, como para marcar el paso. Los niños van y vienen ofreciendo agua a aquellos pescadores sin barca, que parecen estar en trance y se pelean contra la corriente del océano, que los va empujando hacia el Este. La jarcia va peinando toda la playa durante cientos de metros, obligando a los turistas, entre absortos y contrariados, a mover sillas, mesas, hamacas y a elevarla para salvar las sombrillas clavadas en la arena. Todo el mundo corre tras el séquito y su red, que se mueve a las órdenes del silbato de uno de los pescadores y de las instrucciones de un pequeño grupo de ellos, que en paralelo va plegando disciplinadamente la red que queda a medida que la van recuperando del mar.

En un momento dado, el maestro de ceremonias ordena que los dos extremos de la red se junten y salgan del agua, arrastrando consigo todo el pescado. Se forma claramente en el agua una bolsa que sale lentamente de entre las olas, acompañada por algunos lugareños desde el agua. En unos minutos todo el pescado está sobre la arena y todo el mundo espera disciplinadamente a que los pescadores lo saquen de las redes y lo clasifiquen. Los espigoladores se afenan a recuperar de entre las redes los pececillos que creen haber escapado de las callosas manos de los hombres del mar, y las mujeres se sientan pacientemente en la arena a esperar su ración. De la red salen barracudas, peces espada, lubinas y otras muchas especies que no conseguimos identificar, que son limpiados y separados por tamaño. Los más grandes, se venden al peso, los compradores esperan hace rato, jugando con los billetes en sus manos hasta que llegue su turno. Los pequeños, se distribuyen en las pequeñas jofainas de latón reluciente que han llevado todas esas mamás que esperan en la arena. Todo el pueblo trabaja codo con codo, suda al unísono para robarle al Atlántico un puñado de peces que nosotros se nos antoja más bien escaso, visto el esfuerzo y el despliegue de efectivos humanos.

En esas, nos ha dado la hora de ir a cenar. En el paseo previo a la comida, hemos descubierto un lugar cercano al hotel, Victor’s Place, que nos gusta y que se ajusta mejor a nuestras posibilidades económicas. Nos sentamos en la mesa a comernos probablemente uno de esos peces que hace un momento hemos visto salir del agua, en una agradable velada junto al mar. ¿Quién dijo que el pescado era caro?

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