Encantadores de serpientes

Como convenimos la noche anterior, el barquero nos da una vuelta por la laguna antes de depositarnos en el embarcadero rumbo a Ouidah. Visitamos un par de poblachos, sin la alegría ni el colorido que observamos horas antes en Ganvié. Aun así, interesante ver a los calfateadores reparar las gavarras con alquitrán, tela y clavos, u observar cómo llenan estas hasta arriba de bidones amarillos de combustible para abastecerse desde la orilla. El mundo, en estos pagos, se divide en dos tipos de personas: los que saludan y sonríen ante la cámara, y los que no quieren ser fotografiados y te increpan, maldicen o simplemente se tapan el rostro. A veces, parecen mirarte esperando que les apuntes con un objetivo para amenazarte en su lengua vernácula, o para blandir iracundos una ley imaginaria que prohibe retratarles. Para ti hoy no hay foto, bonita, y se quedan algo traspuestos sin sacar la hiel del estómago.

Alline, el contacto de Madame M en el mercado del embarcadero nos ayuda a conseguir un taxi, después de difíciles negociaciones. El tipo no tiene muchas ganas de conducir y a regañadientes mete nuestro equipaje en su vehículo en dirección a Ouidah. Una vez en las calles de aquella ciudad, nuestro fantástico navegador se hace un lío y el enfado del taxista se hace evidente. El espíritu de los viajeros, providencial, nos manda un guía local, Juste, a lomos de su
motocicleta:

– Seguidme, conozco el camino al Jardin Secret. Habéis tenido suerte de dar conmigo.

Suerte, no, la Reina Madre que rezó por nosotros en Abomey, pecadores. En el Jardin Secret tenemos la última trifulca con el taxista desganado, que consigue arrancarnos algunos francos más. Da igual, estamos en un magnífico lugar, vamos a comer y a pasear, y a bañarnos en la playa, casi se puede oler a brisa.
Los empleados de monsieur Pascal nos dan de comer y nos lanzamos a descubrir la ciudad del famoso virrey brasileño. No, Juste, esta tarde no necesitamos tus servicios, quizás mañana, luego hablamos. Empezamos a comprobar que somos capaces de autoguiarnos por completo y que, por otra parte, hacer de traducción consecutiva del francés a todo el grupo es algo pesado y lento.

Pasamos por el cementerio francés, con sus tumbas cartesianas, el fuerte portugués, la catedral. Frente a esta se encuentra el santuario de las pitones, al que no podemos resistirnos entrar. Existen apuestas cruzadas sobre si serán de escayola o disecadas.

– En ese árbol cada tres días realizan un sacrificio, matando a un pollo o a un cordero. Lamentablemente, como no estáis iniciado en el vudú, no podéis entrar en la habitación de la ceremonia.

Lo bueno de los museos y los lugares de interés turísticos en Benin es que si no estás iniciado en el vudú, los despachas en un periquete. Todo se limita a llegar a una puerta cerrada que no se puede franquear, y hala, a por la siguiente. Otra cosa es que quieras ver ceremonias falsas de vudú para turistas, haberlas haylas, como nos comenta a día siguiente monsieur Pascal. ¿Y las serpientes? El guía del templo se para ante una puerta y nos explica:

– Las pitones no tiene veneno, no muerden a los humanos. Una vez al mes abrimos la puerta de esta su jaula, y salen a comer ratones e insectos por todo el pueblo. Luego vuelven mansamente a su casa.

Tras la puerta, nos sentimos como Indiana Jones en aquel nido de reptiles, que nos atravemos a tocar y hasta a ponernos alrededor de nuestros cuellos, confiados en el guía.

De ahí, nuestro paseo nos conduce al barrio colonia y a una pequeña joya, la Fundación Zinsou, donde nos hacen un tour exprés para enseñarnos su colección de arte africano, y nos dejan tomarnos un refresco en su cafetería, chic sin igual, más allá de la hora de cierre. De camino a la cena, Juste nos vuelve a interceptar con su moto. No, amigo, nos las apañamos solos, decimos mientras empezamos a pensar que tenemos un chip para rastrearnos oculto en la ropa.

Cena agradable y vuelta a casa en zem. Mañana playa y descanso.

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