Un gin tonic con la Reina

De nuevo, el grupo está al completo. Tenemos esa mañana para visitar Abomey, así que no perdamos el tiempo. Arreglamos el próximo fin de semana en la sucursal que este encantador establecimiento tiene ya en la frontera con Togo, hacemos nuestras maletas y nos enteramos de cómo llegar hasta nuestro próximo destino, Ganvié, prácticamente en las afueras de Cotonou. Una voz femenina y grave nos pregunta con autoridad a qué hora estaremos en el embarcadero para enviarnos a alguien. Quizás después de medio día, quién sabe.
Nos lanzamos a la ruta que nuestro maravilloso navegador de bolsillo, la pesadilla de los guías locales, nos propone. Dudamos entra la pléyade de palacios y cortes que se nos despliega ante los ojos, y nos decidimos por uno de ellos sin criterio aparente.

Una señora, todavía con la redecilla de la peluquería en la cabeza, se asoma a la puerta de una especie de conventillo y nos hace de traductora con el resto de la comunidad que se desparrama por el patio, sin ocupación visible. Se dirige a nosotros haciéndonos ver que nuestros pies calzados están cometiendo un sacrilegio en aquel espacio. Cuando le decimos que no nos manda nadie y que venimos solitos, sin guía, como unos valiente, pone cara de póker.

– El Rey no está pero si lo desean pueden ser recibidos por su mamá. Lo normal es que cuando uno entra en un Palacio, haga una aportación.

Sin estipular la cuantía de la subvención a la corte real, ponemos nuestros pies desnudos en la corte de tierra roja, que seguramente conoció tiempos mejores. Los cortesanos, mayoritariamente señoras de edad avanzada en top less o ataviadas con telas enrolladas a sus cuerpos, se activan y nos saludan a nuestro paso. Un cortesano manco, que parece ser el único hombre en palacio, nos da instrucciones y nos conduce hasta donde se va a producir la audiencia real. En un tris, nos vemos sentados en una esterilla, mientras las lacayas de Su Majestad, nos ofrecen de beber.

– ¿Qué es esto?
– Un vaso de agua -dice la señora de la redecilla, con cara
estrañada-. En nuestro país se le da de beber a la gente cuando llega a casa de uno.

Tragamos a duras penas, pensando en las recientes bajas por
indisposiciones digestivas. En esas, la señora de la redecilla llega con una botella de Pastís rellena de un líquido transparente.

– Es ginebra, ¿queréis un poco?

Hombre, no nos vamos a poner exquisitos ahora. Si no es nuestra marca preferida, da igual. Saca el gin, Cheli. ¡Brindemos por la monarquía de Dahomey!
En esas llega la Reina Madre y el manco nos indica que nos
arrodillemos ante su majestuosa presencia como hacen todos,
tragándonos todos nuestros principios republicanos además de la ginebra. Rolliza y desenfadada, nos atusa el pelo a su paso y se sienta ante nosotros en su taburete real. Se conoce que el protocolo real en estos lares establece que Su Majestad no debe mirarnos a la cara, por lo que su vista se fija en un punto indeterminado, perpendicular al grupo que la admira desde la esterilla de palma en el suelo.

– Bueno, pues vosotros diréis.
– ¿Qué es lo que tenemos que decir?
– ¿Qué es lo que queréis?

Nos miramos atónitos, nadie nos ha explicado qué hacer en esta situación y nuestra experiencia palaciega previa es bastante limitada, por no decir nula.

– Nada en particular, pasábamos por aquí y hemos entrado a saludar. – Vamos a ver, me tengo que ir pitando a hacer la ceremonia de vudú. Hemos montado todo el tinglado este para vosotros, tendré que rezar en vuestro honor, digo yo. ¿Va bien por la salud y la longevidad?

Venga, bien, ça peut aller, póngale también un jesusito de mi vida por volver bien a casa, nunca está de más. Ahora viene la dolorosa: convenimos en un rápido cónclave de miradas que con 5.000 CFA la Reina Madre tiene de sobra para contentar a los espíritus. La regia representante del más allá, monta en cólera encima de su taburete, y se dirige a nosotros como a unos actores novatos que no consiguen decir bien su única frase en la función:

– Pero, vamos a ver, ¿qué es lo que no habéis entendido? Tengo que comprar las ofrendas, os hemos dado de beber y tengo que rezar por vuestra salud y longevidad. Con esto no tengo ni para empezar. – Lo sentimos, señora, no conocíamos la tarifa por oración.

Alguien rasca su bolsillo mientras se sienten las primeras muestras de desaprobación y abucheos de desafección a la monárquía en el auditorio que ve y participa en el espectáculo al mismo tiempo desde un lado de la estancia. Ya hay suficiente hoy de realeza, uno tiene sus principios.

Seguimos nuestro periplo real, ahora en la pieza central del conjunto de Abomey. Pese a lo interesante de las explicaciones de nuestra guía, decidimos que tenemos bastante. La voz ronca vuelve a hablarnos desde Ganvié, así que decidimos movilizarnos de una vez hacia allí. Negociamos un viejo Peugeot 504 en el que llegamos hasta el mentado embarcadero, a esas horas repleto de gente que vuelve a través del lago al poblado del palafitos en el que dormiremos esta noche. Nos acomodamos en una barca para turistas, de la mano del enviado de nuestra anfitriona y arrancamos entre botes casi engullidos por el agua. Cemento, leña, mercancías que no se vendieron en el mercado, pescadores que acaban su jornada. Todo va y viene en la misma dirección, en uno y otro sentido, a remo o a motor, mientras cruzamos un espejo segmentado por redes y hojas de palma que delimitan las parcelas de pesca.

Al final del canal nos espera Chez M y su reina particular, que nos da la bienvenida. Después de brindar desde la terraza por un atardecer de lujo y cenar unos espaguetis con salsa de tomate racionada, nos convoca para negociar los detalles de nuestra breve estancia. Hay reinas que hablan con los antepasados para solucionar los problemas, y hay otras que desde un móvil pueden arreglarte el viaje más difícil a tu gusto. Cuando nos retiramos a dormir, se acuerda de un detalle sin importancia, todavía sentada en su trono improvisado de sillas de plástico apiladas.

– Por cierto, son 4.000 FCFA por persona por la barca. Precio especial para ustedes, mes frères.

Larga vida a las Reinas de Àfrica.

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