African riders

A la hora convenida, en la puerta del hotel sólo ha llegado el líder de la banda. Saca su teléfono y ordena a los suyos que se apresuren. El día aparece entre las montañas y nuestro autobús nos espera en pocos minutos en la estación, en otro punto de a ciudad a algunos kilómetros de distancia. Poco a poco van apareciendo luces por la cuesta que lleva hasta donde esperamos, hasta completar las siete motocicletas. La banda está lista para echar a rodar de nuevo. ¿Hay algo mejor que sentir el viento en la cara, baby? Uno siente cómo suena la banda sonora de Easy Rider a esas horas de la mañana, mezclándose con el imán que llama a la hora a la oración. O mejor The Who, guiando a los mod por las calles de un Brighton africano somnoliento. En un momento dado, uno de aquellos ángeles del infierno pincha la rueda y todo parece complicarse fatalmente a pocos metros de la meta. Rápidamente, redistribuyen la carga en las otras seis motos y seguimos adelante, pisando a fondo, adelantándonos unos a otros, sintiendo un frenesí inesperado y reconfortante.

Luego nos espera la estación y toda una mañana de bus, por una carretera repletas de boquetes, hacia Abomey. En Bohicon, el chófer nos explica que hay que bajar y tomar de nuevo un zem para llegar a nuestro destino. Bueno, hoy es el día rockero, chicos, nada mejor que el olor de la gasolina nigeriana de contrabando para despertarse del letargo viajero. Después del rito de la discusión por el precio de la carrera con los mototaxistas, volvemos a cabalgar sobre dos ruedas, sorteando toda una ciudad en su momento de mayor efervescencia, hasta llegar al Auberge d’Abomey.

Nos encanta el lugar, un antiguo campamento colonial francés hecho hotel. ¿Sería así cuando Meryl Streep decía que tenía una finca en África? Seguro que debía parecérsele mucho. Comemos comme il faut y nos dividimos entre explorar la ciudad y retozar en las habitaciones con una buena siesta. La parte que se despliega por la capital histórica del país se acerca a la oficina de turismo, donde somos debidamente informados de las posibilidades de la ciudad, incluyendo el precio del guía y todo lo imaginable. Resabiados, no cerramos nada para mañana. Tampoco sucumbimos ante los encantos del artista moderno local y la obra de su ONG local, a pesar del despliegue de lienzos influídos por alguna corriente sincrética indescriptible ante la puerta de la oficina, en forma de encerrona pictórica.

Seguimos nuestro camino, reconfortados por la habitual hospitalidad y un buen puñados de edificios que confirman las buenas sensaciones de nuestro hotel. Compramos el parchís más kistch que vemos en el mercado, para amenizar nuestras futuras tardes y veladas. Más tarde, enganchados a la sensación del viento en la cara, volvemos con el resto. Tenemos una nueva baja, pero parece que tampoco es grave, así que podremos seguir con el plan. ¿Un gin tónic, como digestivo, antes de retirarnos a nuestros aposentos? Eso será mañana, ya verás, baby.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s