En el País Somba

Por fin, hoy podemos partir hacia el país Somba. El viento parece hinchar nuestras velas, desayunamos por última vez en el Hotel Baobab y metemos nuestras maletas con olor a colada sin secarse en el 4×4 de Chabi. Nuestro sastre se estresa al vernos llegar, pero tras un rato de espera tenemos el alijo de pantalones que le hemos encargado en nuestro poder.
Así que tomamos el camino hacia el sur, de Natitingou hacia Kousssou y de allí a Bakoumbé. En la primera aldea, tras un par de horas de ruta, pagamos la preceptiva entrada y conocedemos a Floriant, nuestro guía.

– No dudéis en hacerme preguntas. Cuantas más me hagáis, más interesante será la visita.
– Pues empecemos, ¿esas marcas que tienes por toda la cara de qué són?

A los Ottomari, cuando son pequeños, les practican unos finos cortes en el rostro con un cuchillo, dándoles con el tiempo un aspecto textil o el mismo con el que decoran las paredes de sus casas, y así se distinguen los diferentes clanes en el país Somba.
Seguimos a Floriant por los diferentes hits turísticos de Koussou. Entramos en la cárcel-baobab y luego nos dirigimos hasta el tata-somba, la casa tradicional. Podría pasar por la fábrica tradicional de ahumados, por la densidad de humo en su interior, que hace la visita bastante rápida ante el evidente peligro de
intoxicación. De hecho, no sabemos si el cuerpo de la señora que yacía junto al fuego era realmente la abuela de nuesto guía o su cadáver en conserva. En el techo, Floriant nos muestra el sistema de graneros y las habitaciones, en aquella construcción de barro, madera y paja.

Turistada sin turistas pero, por qué no, interesante. Mientras paseamos hacia el próximo punto, vemos como prácticamente sólo queda aquel tata-somba en condiciones, el resto está medio derruido y la gente se ha hecho una casas de aspecto bastante vulgar a lo largo del poblado. El progreso, ya se sabe. Súbitamente, uno de nuestros integrantes se escapa del pelotón en una carrera a vida o muerte.

– Ou sont les latrines? Il faut se dêpecher!

Nadie sabe lo que es un ataque de diarrea en medio de un poblado somba hasta que lo vive personalmente. Si las casas tienen forma de castillo medieval, con sus cuatro torres granero coronadas por tejados de paja, ¿qué forma le habrá dado la creatividad local a una letrina? ¡Por todos los fetiches y sus pollos caídos en servicio, no nos queda ya ni un centímetro de intestino!
Afortunadamente, las letrinas son universalmente feas e idénticas, y justo al lado del mirador-comedor, hay un par de servicio dispuestas para atender estos casos. Mientras una parte del grupo se deleita con el consabido menú de sardinas marroquís marca Titus, la nueva incorporación empieza su particular combate con la enfermería y el inodoro, que aquí puede prescindir con justicia del prefijo. A los pies de todo, el magnífico país Somba, que no tiene ninguna culpa del estado de la tortilla de la cena de la noche anterior.

– No podemos ir a Bakoumbé, hoy celebran un rito vudú y como os lleve el que se la carga soy yo.

Bueno, Chabi, pues nada, gajes del turista, llévanos a Natitingou, ya ves como está el patio. Visto un tata-somba, vistos todos. Deshacemos el camino y en una hora estamos en la sucursal del Hotel Baobab, que su dueño nos ha reservado gentilmente. La víctima de las bacterias dormita unas horas en su cuarto, mientras el resto hace un reconocimiento de la villa.

A lo lejos, la mezquita nos da las buenas noches mientras cenamos, lo que pueden hacerlo. Mañana será un largo día en la carretera, siempre hacia el sur.

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