Hospital de campaña

Los planes son para saltárselos, por voluntad propia o por causas ajenas a nuestra voluntad. Antes de poner un pie en el suelo, nos llegan noticias de la primera baja en el grupo. Hay que suspender la misión prevista para el día de hoy al País Somba y posponerla para mañana. Así que dejemos a nuestra pequeña compañera superar su relación con los parásitos intestinales con un buen día de descanso y dediquémonos al dolce fare niente africano.

– Me da mucha vergüenza pedirle esto señor, pero me encuentro muy mal.

Nuestros compañeros suizos de hotel han decidido concentrar con nosotros el día de incidencia hospitalarias sin previo aviso. Lucient, aspirante a ingeniero en Zurich, nos cuenta que él y su compañera se bañaron en una catarata días atrás (vaya, nos suena), a resultas de los cual padece una, en esos momentos ya, insoportable otitis. Así que toca acompañarle y hacer de traductor del francés al inglés y viceversa ante el doctor en la clínica que los hermanos italianos tienen instalada en Tanguiéta.

– Vamos a pesarle y a tomarle la tensión, vaya rellenando esta ficha.

El practicante inicia el proceso de admisión, hasta que llega el doctor y empieza con el lavado del oído helvético, que por la cara que pone quien lo observa debe de ser como un terrario del zoológico. Unas grandes inyecciones, con las que casi nos desmayamos al verlas, sirven para proceder con la limpieza. Pagamos, compramos una gotitas en la farmacia y hala, a portarse bien, nada de volver a hacer de Johnny Weissmüller.

Después de la comida, se impone un paseo por Tanguiéta, que a esas horas de la tarde nos parece encantadora. Unos pasos más allá del hotel, nos detiene un sastre, que desde sus pequeño quiosco nos reclama algo de trabajo, aunque sea domingo. Así que volvemos a por la tela comprada por la mañana en el mercado (la parte del grupo que no se ha dedicado a visita el hospital) y conseguimos encargar unos pantalones, gracias a la intermediación del vecino de enfrente, para mañana a las nueve de la mañana.
Seguimos paseando, envueltos en un ambiente colonial rural, saludando a unos y otros, fotografiando esto y aquello. El vendedor albino de gasolina nos cuenta junto a su puesto de chapa reciclada de bidón que viene de Nigeria y que por eso es más barata.

– Hay quien tiene dinero para traerse un camión entero y lo revende. Unos compran depósitos grandes y yo por ahora sólo puedo comprar una garrafa – nos dice señalando un depóstio amarillo en el suelo- que luego revendo en botellas de litro a los zem (moto-taxis). No os olvidéis de saludarme mañana antes de iros.

Algunos metros adelante, el partido de fútbol dominical ha acabado, así que nuestra incursión en el estadio es fugaz. Un enjambre de motos, que hasta hace unos segundo servía de asiento a sus pilotos mientras observaban el duelo local, sale por la puerta. Para nosotros es una especie de señal, y pensamos que es momento de buscar un sitio donde refrescarse. La terraza del Hotel Atacora puede servir, para algo nos recorrimos el primer día todo el parque hotelero de Tanguiéta.

Subimos hasta el último piso del edificio semiacabado y pedimos cervezas y refrescos. Nos dedicamos a ver el atardecer sobre las montañas de Togo al oeste. Mañana seguiremos nuestro camino hacia el Pays Somba, si la salud nos lo permite.

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