Una Revolución monumental

– ¿Quieren subir a visitar el monumento? Les puedo hacer el tour si lo desean.

Todos lo funcionarios de museo, en cualquier lugar del mundo, tienen una manera de caminar que les delata, apausada, pisando baldosa a baldosa con el conocimiento que les da sobre cada una de ellas horas de imperturbable observación. Los guías espontáneos se mueven nerviosos, te asaltan con la urgencia de ser los primeros, protegidos por el factor sopresa y empujados por la duda de ser descubiertos, hay que actuar rápido. En cambio, quien pasa los días enteros custodiando nuestra memoria, sabe que tiene todo el peso del tiempo y del Estado detrás suyo.

Seguimos los firmes pasos de nuestra funcionaria conservadora, que ascienden por el faraónico obelisco, ganando escalón a escalón. Toneladas de polvo se acumulan en los pasamos y las ventanas que dan luz a aquel edificio magníficamente vacío, en medio de una rotonda de un quilómetro perímetro. Dos puños se alzan en su base, sosteniendo los nombre de los que se alzaron contra la tiranía, en un pasado que casi se puede recordar y tocar. Detrás, un grupo de adolescentes mata el tiempo fotografiándose con sus móviles, dando algo de vida a la encrucijada desierta. Arriba, en la primera plataforma que nos enseña la funcionaria, se puede observar lo que será aquel punto de la ciudad donde convergen las avenidas. Algunos arbolitos esperan la compañía de más vegetación bajo el sol tropical, un puñado de servicios públicos aguardan a su público y una cohorte de quioscos sueñan con verser repletos de golosinas y niños los días en que la ciudad venga a celebrar y recordar el sacrificio de sus mártires.

Ouagadougou es llana como un mar en calma desde esa posición. Apenas se distinguen algunos edificios sobre otros y ríos de motos y bicicletas que discurren por sus calles. La gente come, saluda, sonríe y habla por teléfono sobre esas dos ruedas, mientras atraviesa un llano interminable de color rojo y verde. Después de agotar las existencias de divisas en el Hotel Laico Libia, la joint-venture insignia de Gaddafi en el país, nos dirigimos hacia el village artisanal para regalarnos una panorámica de las habilidades artísticas locales. El bando masculino toma asiento en el bar y abre las primeras Brakinas del día, mientras el resto de la tribu sigue las callejuelas del mercado donde se distribuyen por bloques los oficios vernáculos. Aconsejados por nuestros huéspedes, encargamos la comida, y nos añadimos al resto del clan para dar más tiempo a que el cocinero del lugar atrape al poulet biciclette que le hemos encargado.
Dos horas después aparece en nuestro plato, cuando empezamos a estar perjudicados por la cerveza local. Todavía nos da tiempo, sin embargo, a visitar la catedral y el centro de la ciudad, hasta de que nos pongan una multa por saltarnos un semáforo, por mucho que intentemos explicarle al señor funcionario, de policía en este caso, que el código de circulación nos asiste.
En el mercado, ya cerrando, nos da tiempo a avituallarnos para la cena y departir con el personal sobre la liga de fútbol. ¿De qué
hablaríamos forasteros e indígenas si no fuera por el deporte rey? Nos llega incluso para la última cerveza en el bar del barrio, antes de dar buena cuenta de nuestra provisiones e ir a descansar. Mañana, cocodrilos.

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