Momento Brakina en la piscina

Hoy suena el despertador tarde. Después del traqueteo de ayer, no hay demasiadas fuerzas para plantear otra expedición lejos de nuestra base operativa. De hecho, ante el té con menta que nos levanta el ánimo en el desayuno, nos dedicamos a revisar las opciones que tenemos para dejar atrás Bobo y dirigir nuestros pasos hacia Benin. Una avanzadilla se dirige hacia la estación de buses: existe un convoy hacia el sur diario, pero no hay billete para los dos próximos días, tampoco en la compañía vecina, donde Allah Nuestro Señor nos manda un angelito negro en forma de enfermera formada en Camagüey, para orientarnos un poco. ¿Y si vamos a Costa de Marfil? Al fin y al cabo estamos al lado. Aceptemos nuestro destino, esto era un viaje hacia Togo, así que para allá vamos. Al volver de nuevo a la estación, los billetes para Ouaga se han evaporado, así que buscamos otra compañía hasta dar con ellos.

¿Qué hacer hasta las once de la noche en aquella ciudad febril, donde el diluvio está a punto de descargar? Descartamos una incursió al lago próximo, demasiado lejos, después de negociar con el taxista que nunca ha negociado con un turista. Hay quien opta por aventurarse en el interior del mercado, hay quien se decide por hacerse unas trenzas con extensiones de poliéster durante las próximas cuatros horas, y hay quien decide sumergirse en una solución de sulfato de alúmina en forma de piscina en el hotel venido a menos que la colonia francesa mantiene a duras penas en medio de Bobo.

Damos cuenta de un bocata escolar de jamón con queso y mantequilla, a desgana del camarero, que tiene que ir a por pan a la panedería, y a precio de San Fermines burkinabeses, la grandeur c’est la grandeur, mes frères. Momento Brakina, nos instalamos, descansamos, damos unas brazadas en la alberca en proceso de decantación y clarificación, nos conectamos fugazmente con el ciberespacio y dejamos pasar las horas pensando en nuestro futuro inminente. Justo antes de que empiece la tormenta, levantamos el campo y nos reagrupamos en la habitación del hotel que amablemente han habilitado como peluquería de señoras para nosotros.
Después del diluvio, decidimos salir y cenar algo en la sucursal del restaurante al que prometimos hundir con nuestros comentarios en las webs y foros de viajeros. No se está tan mal, hasta tiene un punto chic con sus cortinas rojas y su galería de la famal local, este es el bueno en realidad, pensamos, y nos deleitamos con una buena comida antes de partir, entre apagones intermitentes.

Nos instalamos como podemos en el moderno bus que la compañía Rakieta pone a nuestra disposición para viajar hasta Ouagadougou. A algunos les toca la típica señora o el inevitable señor model armario con necesidad de espacio vital, y apenas pueden encastrarses en su asiento. Justo empieza la primera película, va a ser una larga noche.

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