¿Dónde están los elefantes?

Después de largas luchas sindicales y medidas de presión sostenidas durante mucho tiempo, como atemorizar a todos los turistas que se presentaban a ofrecerles cacachuetes y retratarse con ellos o despistar con excrementos señuelo en pistas que no conducían a ninguna parte, el colectivo de elefantes del ParqueNacional del Pendjari adquirió el derecho de poder disfrutar de al menos un día de vacaciones a la semana. De esta manera, si así lo deseaban, podían no ocupar sus posiciones, evitando posar para los curiosos turistas y evitar sus gritos de admiración al darse de bruces con ellos. Especialmente en la temporada húmeda, cuando no hacía falta salir de sus viviendas en busca de agua para aplacar la sed, esta medida era de agradecer. Existía una larga lista de paquidermos afectados por terribles neumonías, a resultas de las largas exposiciones bajo la lluvia, en posición prácticamente estática, y de hecho fue esta la chispa que motivó las primeras movilizaciones que, a la postre, llevaron a una nueva victoria de la clase trabajadora animal.

Ese día de descanso concidió, como no podía ser de otra manera, con nuestra visita al parque. Chabi, nuestro guía, vino a buscarnos a la hora convenida, las cinco de la mañana. ¿Por qué tan tarde? Mujer, todo el mundo sabe que los animales salen por la mañana, además hay un largo trayecto hasta el parque. Un té, un café, y a volar. En hora y media estamos a las puertas, por una vez nos hacen un descuento por llevar a tres adolescentes, y felices por la rebajita nos dedicamos a rastrear la vida animal del Pendjari. Verdes praderas, ciénagas desbordadas, montañas en la lejanía, pero solamente algunos antílopes despistados rondando por nuestra ruta.

– Los animales saben que por aquí la gente viene a cazar y por eso ni aparecen, tengamos paciencia, más adelante seguro que encontramos más.

Tengamos paciencia, como dice Chabi. Una hora después hemos visto algún grupo de monos, jabalíes y bastantes más antílopes, pero ni rastro de los elefantes, que disfrutan en casa de su descanso semanal. Seguimos recorriendo la sabana verde, algunos se encaraman a lo alto del todoterreno, dispuestos a romper con nuestra mala suerte. Pero nada, mejor parar y comer algo.
El rancho oficial del viaje es desplegado en el restaurante del hotel que se levanta en medio del parque. Nuestro chófer, discretamente, nos hace ver que hay que hacer gasto, esto es evidente en Benin y en Tegucigalpa, parece mentira, no se os puede sacar de casa. ¿Nos dejarán un cuchillo para hacer los bocadillos?

Volvemos a la carga. Exploramos más rincones, vemos algún búfalo que prefiere pasear a ver la tele en su salón, y toda suerte de pájaros que consigue alegrar algo la visita. Llegamos al mirador de la laguna donde están los hipopótamos.

– Bueno -dice Chabi- en realidad hay uno, pero como llueve tanto, seguramente esté en otro lugar.

Todo el mundo conoce la secular alianza entre elefantes e hipopótamos. El típico listillo que uno se encuentra siempre en los aparcamientos de los miradores de hipopótamos nos comenta que en realidad hay que quedarse a dormir en el parque, como hacían los otros turistas que nos miraban en el restaurante mientras devorábamos nuestros bocadillos, para ver a los felinos por la noche o al amanecer. Todo el mundo que va a un parque a ver fieras sabe eso. ¿Alguien sabe por qué nos hemos levantado a las cinco?

Al final nos damos por vencidos y decidimos volver. Nos consolamos pensando que debemos volver en la estación seca y nos dejamos llevar de vuelta a nuestro hotel en Tanguiéta. Una buena cena y a dormir.

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