Cocodrilos contra polluelos

– ¿Cuántos pollos le van a tirar a los cocodrilos?

Al entrar al ecoresort de Bazoulé consagrado al mundo reptil, existe un cartel donde se estipula, además del precio por persona para acceder al mismo, el importe a pagar por cada pollo entregado en sacrificio. Los guías nativos esperan que piques y compres un par o dos de aquellos poulet biciclette que intentávamos roer en el village artisanal (sin saber que había formado sus músculos y su carne fibrada en esta cancha, gracias a largas persecuciones con los cocodrilos), cuando todo el mundo sabe en la capital que al final solo uno de los desdichados se enfrenta en ese combate desigual, y el resto se queda de margen comercial.
Avezados turistas, le sacamos entrada a un único polluelo, al cual atan con una cuerda a una especie de caña de pescar ante nosotros. Nos dirigimos hacia el estanque, desde el que nos miran una multitud de ojos submergidos en sus engangadas aguas. Seguimos con algo de inquietud a los guías hasta la orilla, dirigiéndonos al lagarto más experimentado del grupo, el que parece tener más voluntad de atendernos.

– ¿Otra vez pollo?

Los cocodrilos se miran con resignación, y acuden con pereza a la escena mil veces recreada. El veterano, ejemplo de profesionalidad y de buen hacer en la promoción del turismo local, deja que los turistas le atusen el lomo y se sienten temblorosos encima de su cola, mientras el resto de aspirantes a Félix Rodríguez de la Fuente acabe de levantar acta fotográfica. Cuando le ponen el quinto pollo del día delante, no puede dar ni un paso hacia él.

– Le va a dar un cólico cualquier día de estos, te lo digo yo, trabaja demasiado -se escucha desde el interior de la laguna-.

Un compañero de reparto jurásico se apiada y sale del agua en su ayuda. Acepta un par de pases del guía con el pollo colgado de una pata al final de la ramita, rezando todo lo que sabe. Al final, cuando considera que los turistas están satisfechos y tienen suficiente material para instagram, se desayuna a la infeliz ave de un golpe certero.

Comemos en el mismo ecocampamento, algo diferente al pollo. Mejoramos los tiempos de entrega y hasta podemos hacer una buena sobremesa. Volvemos a por nuestro billete hacia Bobo a la estación de buses, pero está todo vendido y no podremos salir hasta mañana. Así que mejor regalarse un café, delante de donde fue el último atentado yihadista en el país, para luego ir a buscar al resto de la tropa, encargada de camibar y acabar con las reservas de divisas de nuestro hotel preferido.

Ya es tarde, mañana toca madrugar y dejar la capital atrás, echaremos de menos a nuestros magníficos anfitriones.

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