Bobo es divino

El comando cierra la puerta de la mansión, típica de expatriado, que lo ha acogido durante los primeros tres día del viaje, se despide del somnoliento guarda y se aventura por los caminos de África. La noche les arropa, falta un rato todavía para que amanezca. Algunas mujeres se dirigen a su trabajo en bicicleta, los perros ladran y la panadería en la que se ha marcado la cita con el taxista hierve en actividad, despachando barras de pan sin parar a furgonetas que llegan a abastecerse.

Diez minutos después de la hora convenida, no hay ningún taxista ante la montaña de bagettes ni se le espera. Se impone desplegar el plan b, que pasa por caminar hasta la avenida principal, donde supuestamente pueden pasar taxis dispuestos a llevarnos a la gare routière. Después de veinte minutos a marchas forzadas, los paisanos que colocan su puestos de caramelos y frutas junto a la carretera, no saben nada de una parada de taxis. No hay plan C. Por suerte, nuestro taxista sólo quería darnos un susto y en ese preciso instante en que vemos alejarse el autobús a Bobo en nuestra mente, nos toca la espalda para decirnos que metamos nuestro equipaje en el maletero y que subamos al coche.

Seis horas de bus, deleitándonos con lo mejor del perreo y de la canción ligera burkinabesa a toda castaña y llegamos a nuestro destino. Consultamos por una de las opciones hoteleras que nos ofrece nuestra guía y nos instalamos. Para comer, acertamos de pleno con un jardincito comedor, junto a la estación. Momento Brakina. De ahí, nos dedicamos a conocer los secretos de Bobo Dioulasso, empezando por la somnolienta estación, que espera la hora incierta en que llegue el convoy de Costa de Marfil a llenar sus vagones de arroz y azúcar.

– Si saca fotos del interior de la estación, me veré obligado a incautarle la cámara, monsieur.

Bajamos la avenida principal, que ordena toda la urbe, y nos detenemos en la catedral. Más allá, está la mezquita, donde la asociación local musulmana de turismo nos espera para enseñarnos la mezquita antigua, única en su estilo en el país. Claro que se puede visitar, en contra de lo que dice la guía. Pague usted la entrada. ¿Y el guía? No, mon frère, el guía siempre aparte. Nunca vas a saber el precio completo de las cosas, regla número uno. Regla número dos: el cambio del billete grande siempre es para el guía, así que mejor conseguir cambio y administrarlo celosamente.

Frente a la mezquita, la asociación musulmana de turismo nos tiene preparada la visita al barrio tradicional. A estas horas estamos intentando procesar los procedimientos rituales chamánicos animistas con los que se podía desde adivinar la quiniela hasta saber si lo que sentía nuestra media naranja por nosotros era amor verdadero u otra cosa más prosaica, y en los que siempre algún pollo salían muy mal parado, como en el caso de los cocodrilos. Tercera ley divina: ni se te ocurra poner un huevo en Burkina Faso.

– ¿Y vosotros nos podríais hacer el tour a Banfora mañana?

Cerramos el trato, o eso pensamos, y nos convocamos para el día siguiente. Dios Nuestro Señor, sin embargo, nos tiene reservada una última sorpresa en este día. Después de la preceptiva ducha, nos sentamos en un restaurante regentado por monjas orientales, salidas del reparto de In the Mood for Love. Cenamos en la traquilidad de sus retiro espiritual y en su reparadora compañía, amenizados por los grandes éxitos de la filarmónica de Ouagadougou. Al llegar los postres, nos reparten una copia plastificada del hit del convento, dedicado a María, Madre de Dios, y nos ruegan les acompañemos cantando y loando la gracia divina. Por supuesto, faltaría más, vamos allá, hermana.

Pacificado nuestro espíritu con este himno kumbayá, pagamos la cuenta y nos retiramos a nuestras celdas, dando gracias al Altísimo, en todas y cada una de sus formas, por habernos llevado por fin hasta Bobo. Mañana, veremos las maravillas de la creacion en los alrededores.

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