Rumbo a la patria de Sankara

  • ¿Qué lleva ahí dentro?
  • Un kilo de arroz bomba.
  • ¿Pero del bueno?
  • Por favor, se trata de hacer una paella en Burkina Faso, ¿por quién me toma?

El segurata me hace una muesca de complicidad gastronómica, en aquel preciso instante en que el último viajero ha pasado por su escáner a prueba de encomiendas para personal expatriado. El control de seguridad del aeropuerto empieza a cerrar sus puertas a las siete de la mañana y la huelga de celo comienza, o eso parece.

  • Bueno, ahora comenzará la larga cola para los pasaporte, ¿no?

Las precidicciones del telediario vuelven a equivocarse. Un aturdido policía fronterizo nos pregunta qué vamos a hacer durante las próximas tres horas en esa parte del aeropuerto, sin tiendas ni universitarios en prácticas vendiéndote tarjetas de crédito, esperando nuestro avión a Ouagadougou.

Sorteamos el infierno de colas que nos predecía nuestro presentador televisivo de referencia en poco más de 30 minutos. Tenemos el McDonalds de la T1 entero para nosotros, desayunamos la oferta del día y nos acomodamos en sus sillones, dormitando y esperando a abordar la nave. El madrugón con taxi urgente hacia el aeródromo nos parece algo topanista, pero mejor así.

En unas horas llegamos a Estambul, con el paquete de arroz bomba encima, sin despertar ninguna alarma. Tras un cambio de puerta del que nos enteramos por casualidad, ahora sí estamos rumbo a la patria de Thomas Sankara. Chicken or pasta, de nuevo, pero ya sin vino, esto no es lo que era.

En Ouagadougou es noche cerrada cuando llegamos. Se forma un tumulto a la entrada del control de pasaportes, que es la forma y el concepto africano de las colas, pero todo el mundo con una sonrisa, así que relax, todo está bien. Nos pasa por delante un paisano muy fashion, con auriculares chancletas y un plumífero a 35C y 90% de humedad, la selección burkinabesa de balonmano, de regreso de su gira mundial, y dos o tres familias que no quieren fragmentarse al pasar el escáner de maletas, ahora que han llegado juntas a su hogar.

Pero todo está bien, buena onda. Al final de la nube de taxistas nos esperan nuestros anfitriones paelleros, que en un mismo movimiento nos abrazan y nos introducen en sus vehículos para llevarnos a refrescarnos con unas Brakinas y recenar. Después, caemos rendidos con el zumbido del aire acondicionado y viendo girar en el techo los ventiladores con los que intentamos sofocar el calor tropical. Mañana empieza la aventura.

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