El hombre que nadaba fumando

El lago apareció a nuestros pies, unos cien metros más abajo, nada más salir del taxi. Musabi nos indicó con señas que nos acercaría hasta la orilla y allí podríamos nadar, y que él nos acompañaría. En un minuto estábamos en medio de la playa atestada de burkinis, tiendas de campaña con alfombras y cachimbas en su interior, y niños corriendo de arriba abajo en un tipico viernes de asueto a la salida de la mezquita, en el caso de que los liberales habitantes hubieran ido a fichar esa semana. En el siguiente minuto estábamos en gallumbos en medio de la multitud, silbando para evitar oir murmullos de desaprobación si es que los hubiere, e intentando verificar temperatura y calidad organoléptica del digno lago en el que nos disponíamos a sumergirnos.

– No, no. Mejor allí en el otro lado, está más tranquilo, meteos en el coche.

Recogemos las cosas, atravesamos aquella playa iraní como salidos de la secuencia final de una película de Esteso y Pajares, y rezando para no encontrarnos con la policía de moralidad (señor agente, no es lo que parece), vamos al otro lado del lago. Musabi se desviste mientras observa como nos introducimos en el agua por el lugar que nos indica, algo más discreto.

En realidad, nos ha traído hasta aquí para enseñarnos quién es en realidad: el campeón mundial de natación fumando. ¿A quién le importa lo que esté pasando ahora mismo en las piscinas olímpicas de Rio, si nosotros podemos dar las brazadas que queramos con aquel portento de la naturaleza? Se pone bien su calzoncillo azul eléctrico, enciende su cigarrillo y se introduce en el agua. Su estilo es, naturalente, el espalda: los pocos medios de la federación iraní de natación no le permiten experimentar con cigarrillo sumergibles. El Mark Spitz persa campa a sus anchas entre las aguas de las montañas del Valle de Alamut, cual tritón invencible. Como un barco a vapor de los que antaño cruzara el Caspio, lanza su estela de humo entre los juncos de la laguna, propulsándose imparable.

El espectáculo se acaba con la última calada del pitillo, salimos fuera y casi sin secarnos, seguimos nuestro periplo por las montañas que separan Qazvin del mar, buscando los castillos de los asesinos.

Hay que saber verlos, ojo, nos pasamos el camino siguiendo el dedo de Musabi e intentando identificar alguno de los que nos va cantando. Por fin llegamos uno que realmente existe y tiene más de tres piedas una encima de otra. Nos despedimos de nuestra compañía danesa, tras regalarnos una agradable fritura de trucha, bajo la sombra de los cerezos del único restaurante abierto en la aldea. Después, subimos a uno de esos castillos que en casa ni están anunciados, y que dada la escasez de efectivos en Irán, es muy apreciado por los lugareños. Todavía con la lengua fuera, podemos observar desde arriba los dominios de nuestro escualo fumador metido a taxista. Continuamos a ritmo de Carlos Sainz en sus mejores años por cañones excavados durante siglos por ese agua en la que tan bien se mueve, a medida que va aumentando la nota que le damos a nuestra última excursión en Irán.

Última cena en el bazar más chic a este lado del mundo y a descansar, mañana volvemos para casa.

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