Una casa en #Kashan

Hay una casa en Udine llena de recuerdos de viajes. Decenas de álbumes de fotos en papel, primero en blanco y negro, luego en color y más tarde en dispositivas. Una colección de budas que esperan pacientes que sus dueños regresen una vez más, mientras escuchan el canto de otra decena de periquitos, que aunque tienen la puerta abierta, prefieren quedarse en casa y no aventurarse por esos mundos como Lorena y Lorenzo. Cuando seamos mayores, queremos ser como ellos, tener un casa donde volver y repasar todos esos sourvenirs de los que ya nadie recuerda muy bien de dónde salieron. ¿Quién se los quedará? Qué más da. Cuando una nueva estatuilla de buda sale de las maletas ya ha cumplido con su misión en esta vida, sólo le queda ver el resto de sus días desde el rincón que le es dado y rezar para que un golpe de aire no le haga partirse la crisma contra el suelo y acabe en mil pedazos. Argentina, la India, aquella España de cuando las carreteras pasaban por todos los pueblos, como rindiéndoles pleitesía, a bordo de un Fiat 127. Una casa para unos viajeros, que al fin y al cabo es lo que esperamos llegar a ser cuando soplemos sesenta velas como ellos.

Kashan está llena de casas como esa en Udine, ahora vacías de todo y antaño repletas de mercaderes y sirvientes, esperando a otros viajeros llevando sus caravanas por los caminos del páramo que rodea la ciudad. Rivalizan entre ellas, a ver cuál se refleja mejor en las láminas de agua excavadas en sus patios, pero ahora sólo las llenan los turistas que compran el bono (cuya existencia ignora la recepcionista de nuestro hotel) para visitar tres al precio de dos. Primeras señales de organización en el Ministerio de Turismo, se empieza así y se acaba como en la Barceloneta, al tiempo. Nos hemos regalado una deliciosa tarde, admirando sus cúpulas abiertas al cielo y sus laberintos de habitaciones, sótanos, patios y corredores. Por la mañana, visita con nuestros queridos Lorenzo y Lorena a Abyaneh, en un tour a las órdenes del primo iraní del Piraña, metido a taxista. En un valle donde los veraneantes de Teheran escapan del calor y el desorden de la capital, serpentea un pueblecito de casa rojas y viejecitas que escapan de la moda del chador Darth Vader. En Abyaneh se llevan las flores, en medio de la huerta en la que se levanta, como comprobamos al subir al castillo tras despistar a nuestro chófer políglota (porque parecía que tenía un par de gargantas al menos, vamos, por lo que tragaba en el rosario de paradas que ha hecho en todo el recorrido).

Luego al Fin Garden, tras deshacer el camino y saludar amablemente a las baterías antiáereas que protegen el complejo nuclear próximo a Abyaneh (no fotos, my friend). Otro delicioso oásis en el desierto, rodeado de canales y cedros, pavellones con paredes engalanadas de pinturas, que las familias no paran de fotografiar con sus teléfonos. Después de comernos la sandía que llévabamos en el maletero, adquirida en una de esas paradas, y de rechazar amablemente la visita al yacimiento arqueológico a 40ºC, llegamos al hotel. Siesta como en casa, qué cerca empieza a sentirse.

– ¿Queréis subir al techo del bazar? Mi hijo tiene la llave y os acompañará.

El paseo por el bazar posterior a las casas ha concluído por todo lo alto, nunca mejor dicho. Aunque al final ha habido que soltar la mosca, ‘yo pensaba que te lo había dicho mi padre, son 300.000 riales’, ha valido la pena ver los tejados de todas esas casas esperando que vuelvan sus viajeros. Ya volvemos, ¿verdad Lorena?. Sí, Lorenzo. Y brindamos, con la cerveza sin alcohol que detestan unos y a la que nos acostumbramos otros, por repetir en algún otro lugar, en algún otro viaje, una bella giornatta come questa.

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