Dos en el peaje

– ¡Kashani, Kashani!
– ¿Cómo que Kashan? ¡Pero si estamos en medio de la autopista!

El ayudante jovencito del conductor nos repite el mensaje, estamos en Kashan, o lo suficientemente cerca como para buscarnos la vida y llegar a pata o en un taxi, que es lo que él nos recomienda apuntando hacia adelante. El único iraní antipático del país por poco se lleva nuestra mochilas, con neceser y pasaporte incluído. Da un portazo y arranca. Delante nuestro ese peaje que aparece en el horizonte de todo dominguero cuando vuelve a casa después de bañarse en la playa y un taxista solitario, que parece frotarse las manos mientras nos acercamos a él. Afortunadamente, la negociación no es demasiado dura para ninguna de las partes, y eso que de nuestra parte lo unico que tenemos es que esta mañana nos han enseñado a hacer auto-stop a la iraní.

– No levantéis el dedo, eso es un gesto muy feo aquí en Irán. Mejor le hacéis así, como si quisierais que bajara la velocidad.

No ha servido de mucho porque a lo que hemos parado ha sido a otro taxista y no a un fraterno conductor, creyente del internacionalismo autoestopista. Pero bien, en ese momento ya teníamos una ruta para el final del viaje. Y Hose, ex-marino mercante metido a taxista disfrazado de lugareño desinteresado con buga, nos ha llevado raudo por el desierto, no sin antes proponernos conocer su pueblo y aclararnos una duda que nos lleva rondando la cabeza todos estos días:

– Aquí cuando los hombres quieren mujeres, se van a Tailandia.

Aclarado, Hose, por eso todos los que hemos conocido que han viajado conocían Singapur, donde hacen la escala. Del destino final, ni mu.

Después de Tudeshk, donde nos desaconsejan casi a gorrazos que no vayamos a Garmeh, optamos por ir a Naim y luego a Kashan. Buena elección. En Naim paseamos y conocemos a las fuerzas vivas de la villa: el fotógrafo oficial nos guarda las mochilas mientas nos enseña su edición de postales (las mejores del viaje); el guardián del jardín de pistacho nos invita a té, justo antes de cerrar e ir a rezar; y el médico del pueblo nos invita a pasear con su bólido, después de una agradable charla. No tenemos tiempo para más, el peaje nos espera y luego otros viejos conocidos de este trayecto, con los que departimos en una deliciosa cena, con patio incluido.

Mañana de excursión con nuestros amigos por los alrededores y a disfrutar un rato de Kashan.

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