Estatuas de sal

– ¿Ves, hijo, lo que te decía? Estos turistas están locos. ¿A quién se le ocurre venir a ver el lago en esta época del año? ¡Pero si está seco! Te he traído para que te des cuenta con tus propios ojos de que las influencias occidentales son perniciosas para el espíritu. ¿Me estás escuchando? ¿Quieres hacer el favor de dejar de jugar con el móvil cuando te instruyo en los principios básicos de la moral iraní?

Faharad está preparando diligentemente el té con pastas encima del capó del taxi mientra nos ve deambular por el centro del lago de sal. Un costra blanca y rosa cruje bajo nuestros pies a medida que avanzamos por entre los terrones y los surcos que los recolectores del cercano pueblo hacen para arrancar los cristales como un maná petrificado.

Nos acercamos a ellos, que se afanan a llenar a paladas el pequeño volquete que va y viene en viajes regulares desde la orilla del lago, donde una pala la transporta luego al almacén. En el manual del perfecto fotógrafo dice que hay que saludar antes de disparar, sobre todo cuando parecen objetivos de aquellos que no ponen objeciones al ser retratados. Para los demás, mejor disparar primero y pedir excusas después. Somos de España y para más señas de Barcelona, así que cada vez que hacemos un primer plano aprovechan para decirnos un jugador más de la alineación del Barça: Messi, Iniesta, Xavi. No english, farsi.

Nosotros vamos de excusión donde nos dé la gana, que conste en acta. Así que si no sale en la guía de todas la guías esta deliciosa fricada, nos da igual. Nos lo pasamos bomba esperando la puesta de sol, viendo cómo nuestras sombras avanzan por la llanura salitrosa que parece no tener fin si no fuera por las montañas. Mientras, Faharad tiene el té listo, justo cuando el sol se esconde y ya hemos agotado el repertorio de fotos de corredores de rally africano de fin de semana.

Por la mañana, hemos ido al santuario que nuestro querido taxista nos recomendaba la noche anterior. Una guía ataviada con la banda de Miss Catequista Iran 2016 viene a por nosotros y el resto de turista. Sin ella no podemos entrar, y como es mujer, no podemos hacer fotos. Bien, no entedemos la mecánica del concurso, pero entremos, a eso hemos venido. Maravillos, puro glam rock de devoción y mística, millones de espejitos vuelven a alicatar las paredes, devolviendo imágenes de fe verdadera, de la buena. Nos zafamos de nuestros guías y nos damos a la sesión fotográfica de rigor. Seguimos paseando y encontramos a unos viejos conocidos del camino, con quien compartimos el almuerzo y el capucino que identificamos ayer. El día no se detiene: colada en el baño compartido y descanso hasta nuestra cita con Farahad.

Y todavía nos falta la tumba del poeta y admirar por última vez Shiraz desde nuestra terraza preferida. Cuando damos un sorbo al té oteando la inmensidad del desierto rosa, somo tres estatuas de sal, inmóviles y atrapados por la tentación de tantas maravillas.

Mañana, hacia el país de los kurdos.

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