#Persépolis is heavy metal

– Os voy a cantar la tonada de bienvenida a Shiraz.

Faharad ataca la melodía con una profunda alegría, moviendo la mano que le queda libre del volante para señalar al cielo y clamar ante el Altísimo su dicha por poder honrar su taxi con nuestra visita. Después de esa canción, que le hacemos repetir cuatro veces para poder gravarla (infructuosamente) y convertirla en un video de repercusión en las redes, vienen unas cuantas más de su extenso repertorio. Nuestro querido taxista canta solo, se basta él mismo, sin instrumentos, por las noches para relajarse, porque es feliz y porque así se siente mejor. ¿Para qué sirve si no cantar? Ahora nos interpreta a los poetas iranís, y sigue mientras pone gasolina, ya de vuelta a casa. Al entrar en Shiraz nos explica que hoy se celebra el nacimiento de uno de sus profetas y que esa noche, como todas pero hoy más todavía, hay fiesta en el santuario. La ciudad canta y todo el mundo merece ser feliz. ¡Hagamos sonar las palmas! ¡Felicidades, señor guardia de tráfico! Shiraz es una fiesta, y allí estamos nosotros, atascados en la rotonda, dando palmas con Faharad cual coro marismeño camino al Rocío.

Si a Faharad le gustara el death metal, como a nuestro amigo Shawn, bajista de un grupo cuyo nombre somos incapaces de reproducir ni aproximadamente y que hemos conocido a medio día tomando el té, la cosa cambiaría.

– Sólo tocamos instrumental, por razones religiosas no podemos cantar. Es complicado tener una banda de rock en Irán, pero conseguimos grabar nuestros discos y hacer algún concierto medio a escondidas. Al gobierno sólo le gusta la música tranquila.

Ahora que lo pienso, creo que Faharad y Shawn debería unir fuerzas, cantar a los poetas a 100 decibelios podría ser la fórmula definitiva para sacar a Persia de su letargo. O quizás es mejor dejarla así, cada uno por su lado, y todos contentos.

No sé qué estilo saldría de esa fusión, lo que está claro es que Persépolis es muy hevy metal, del que no pasa de moda. Antes de llegar, hemos presentado nuestros respetos a Darío el Grande ante su tumba, excavada en la montaña. Pero lo mejor estaba por llegar: sólo los que han encarado la escalinata de la ciudad-palacio de Jerjes y Darío, y que sólo Alejandro Magno pudo conquistar, sabe de qué estamos hablando. Hemos caminado extasiados al atardecer entre decenas de relieves, tumbas, columnas esbeltísimas, esfinges, capiteles en forma de caballos, mientras Faharad entonaba para sus adentros la música que le hace feliz y nos esperaba en su taxi. Como dichoso le hace invitarnos al mejor sastre de la ciudad a pastas y té al vernos caminar sedientos a mediodía por Shiraz.

¡Qué pequeños parecemos a los pies de Persépolis! Podríamos irnos mañana y estaríamos eternamente satisfechos y en deuda con este país, pero nos quedaremos unos días más a saborear un poco más de su música, de todas sus músicas.

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