#Washington en canal

canalCODesechada la posibilidad de viajar hacia el mar en fin de semana y después de hacer todos los cálculos posibles, hayamos la mejor combinación de transporte público sabatino. Confiamos en los consejos del señor google, que todo lo sabe sobre combinaciones y horarios, y tomamos el primer bus para Potomac, el pueblo llamado así también. En poco más de media hora estamos en la gran superficie comercial que rodea el centro de la aldea, y que la dobla en tamaño. Tomamos el pequeño camino que sirve de ruta ciclista, confiando en salvar el tramo más ingrato del periplo lo antes posible. Casas de ensueño, acres de césped versallesco, camino recto hacia el río bajo el machacante sol de agosto.

Cuando el estómago empieza a revolverse y el agua a escasear, avistamos la entrada al bosque y otro grupo de incautos que se desplazan sobre sus extremidades inferiores por este mundo de carrocerías de película. Les seguimos pero desaparecen en la espesura, así que decidimos continuar por el camino que va paralelo al plan original. Fiambrera en el primer claro practicable del bosque y de nuevo tras las marcas, primero azules y luego blancas. No le hacemos mucho caso a los tours historiados sobre minas de oro confederadas, estamos concentrados en llegar al canal del Potomac. Por fin, una señal: la señora Paquita y el señor Antonio, buscando espárrago en cualquier época del año, se nos cruzan unos metros más adelante. Ellos sí nos llevan a nuestra ruta, donde se pasea a estas hora medio Washington, que por supuesto tiene coche y no necesita pelearse con el señor google para ir a los sitios.

Una maravilla de la ingeniería decimonónica, todavía conservada, con señoras vestidas como sus tatarabuelas dando explicaciones sobre la vida de entonces y barcazas embarrancadas vacías de turistas. Carritos con niños desechos por la modorra, ciclistas y corredores combatiendo la crisis de los 40, padrazos de fin de semana, en fin, lo normal a estas alturas de la liga. Vemos los rápidos del Potomac, llenamos las cantimploras y bajamos por el canal en dirección a casa. Los cantos de sirena de los carteles del parque no pueden con nuestra sensatez: ni hablar de coger la ruta de ‘Billy la cabra’, hoy hay que cenar pronto, el mejor atajo es el buen camino. Etapa de llano, algo maratoniana, pero al fin llegamos al punto designado por google. Maravilla de las maravillas, a los pocos minutos aparece un bus de la nada que nos devuelve al metro.

Nos entregamos a las ofertas del mes de McDonald’s, sin rubor y con doble de mostaza. Mañana hay muchas cosas más que ver, después de que descansen nuestros pies.

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