La estrella de la muerte

BMDías de sosiego excursionista, tras las panzadas pedestres de las últimas jornadas. Nos entregamos a dolce fare niente capitalino, mezclado con algunas lecturas y partidas de baloncesto en la pista que hemos localizado en uno de esos parques donde juegan los malos en todas las películas. Organizamos una expedición a Walmart más cercano y ya tenemos pelota y plan para la semana: mañanas de triples y compras en nuestro súper preferido, más allá del puente, pero lo suficientemente cerca para que le demos la categoría de suministrador oficial de la expedición. Tardes de baños en la piscina del barrio, que nos deja entrar gratis gracias a una oportuna avería en la máquina lectora de tarjetas de crédito. La nuestra, a punto de morir, no por no tener dinero, sino por no quedarle plástico, pobrecica nuestra, con lo que hemos pasado juntos. Alguna colección de arte de magnates de verdad, para ilustrarnos un poco entre tanta actividad física y transpiración, librerías de segunda mano y vicios de ese tipo, amén de paseos buscando resto de las bohéme local y de tiempo más revueltos. De vuelta, seguimos luchando contra la humedad y nuestra ropa que no quiere secarse.

Hay que romper la rutina. Necesitamos algo más fuerte, así que quedamos con nuestro contacto local para que nos enseñe que se cuece en la capital del mundo, donde se decide todo. ¿Qué se cuece? De todo. Es la hora de comer, así que lo primero es entrar a la cantina, una vez acreditados en la entrada de la Estrella de la Muerte. Tanto mentarla, y al final parece cualquier shoping moderno con aire acondicionado y muchas plantas de esos a los que la gente va a pasar el día. Aquello es como la torre de Babel, en cada quiosco cada hijo de vecino vuelve a sus orígenes, buscando su arroz, su sushi, su chamusa, su tandori, su mandioca, su tortilla. Deja por un momento de hablar inglés, se concentra, y piensa que su mamá le está poniendo de comer:

– ¿Y le pongo picante al arroz?

Nos sentamos a disfrutar de la comida y de la compañía. ¿Un café en el atrio? Por supuesto. Luego, ascensor y un discreto paseo por las plantas nobles, donde han puesto unas pantallas para controlar lo que pasa en el mundo, en este caso, la pobreza. Para acabar con ella, por supuesto. Seguimos paseando, con sigilo, esperando darnos de bruces a Darth Vader antes de echarse una cabezadita en el diván de su oficina, observando cuánto se parece el puente de mando de Espectra a las oficinas de cualquier empresa de telefonía móvil o de lencería. Tanto se parece todo, que nos perdemos por entre toda aquella materia gris hecha despacho de contrachapado.

Justo cuando hemos admirado la colección de grabados olvidados por las paredes de tan alta institución, y antes de que las secretarias que devoran sus menús en cajas de poliestireno se den cuenta de la situación, volvemos a la puerta de la salida. El tiempo justo para atravesar la ciudad y  acudir a por nuestra summercampista, que hoy acaba su inmersión lingüística y empieza sus vacaciones.

Una hamburguesa no-de-franquicia para celebrarlo, y aunque la tarjeta se empeñe no nos agua la fiesta. Mañana más, por supuesto.

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