El sueño americano

el sueñoDomingo de pereza. Apuramos los últimos víveres en nuestra cápsula espacial en forma de desayuno frugal y trazamos un plan. Bueno, vuelve el calor de la canícula en las estribaciones de los Apalaches, así que mejor guarecerse en las profundidades de sus bosques. Rock Creek Park, siempre hacia el norte, parece la solución idónea.

Parada técnica en SafeWay para avituallarse. Cambiamos los bocadillos en promoción, algo liofilizados por el aire acondicionado del establecimiento, por un pollo frito (clorado al gusto americano), que a la postre se revelará excelente. Vía libre hacia el zoo, que ya visitamos días atrás, y de ahí, aguas arriba. El primer tramo, algo incómodo con tanto ciclista dominguero, abusando del carril bici y pareciendo que se van a caer en la siguiente pedalada. Por suerte, alcanzamos pronto la primera área de pic-nic que el servicio de parques del DC nos ha preparado. Empieza el espectáculo, querido público: acres de césped incólume, que ya quisiera Winbledom para sí, salpicado de grupitos, parejas y familias retozando en aquella orgía de verdes. Un río cantarín, jalonado de puentes, va uniendo cada zona de pic-nic, y nosotros lo vamos siguiendo, después de dar cuenta del pollo clorado y de la ensalada amish de macaroni, que no supera ni de largo a la de patatas con apio y huevo, ahí queda la recomendación. Pasamos de puente en puente, entramos en el agua como la Dama del Lago y Lancelot, a remojarse los pies, buscando al resto de personajes de Excalibur de vacaciones también en Washington.

Las barbacoas siguen encendidas, suponemos que preparando la cena ya a estas horas. A medida que el valle gana el norte, van apareciendo las hamacas de colores, traídas en encomiendas o en mochilas mojadas, vaya usted a saber. Suena tímidamente la música, como queriendo no molestar. Mientras la familia charla en la mesa o se baña en el río, la hamaca se mece como el resto de las hojas del bosque. Alguien sueña lánguidamente, y ve moverse la bóveda del cielo sobre su cabeza. Quizás aquello era el sueño americano, una tarde de tranquilidad sin mirar atrás ni esperar ruídos extraños, dólares en el bolsillo y algunas chelas en la hielera, my friend. Tan simple y tan complicado.

No les vamos a despertar del sueño a por el que vinieron, así  que continuamos hasta encontrar nuestro bus redentor. Más provisiones, un helado de recompensa en la cancha de básquet que descubrimos en el barrio, y para casa, a dormir hasta mañana.

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