Iros a Potomac-por-saco

pilarCuando uno empieza a sortear autopistas por cualquier pasadizo secreto, en el horizonte empiezan a aparecer grúas y muelles oxidados y la comunidad local de ciclistas se hace notablemente presente, especialista en velocidad en el llano, nada de puertos de montaña, uno se da cuenta de que la ciudad es realmente grande y que no todo está al alcance de nuestras extremidades.

– Tenéis que ir la piscina que hay en el parque del Potomac.

Bien, vamos. Pasamos la mañana poniendo en orden nuestro campamento base, sin dejar de dar nuestro paseo por el bosque encantado. Conseguimos poner una lavadora con éxito, gracias a las indicaciones de otra angelita (morena), como la del anterior capítulo, que vive en los sótanos del condominio-hotel en el que nos alojamos y cuida de sus tuberías y húespedes despistados. Incluso acertamos con el conducto correcto a la hora de deshacernos de la basura, estamos lanzados, adaptados al american way of life. Pero el desplazamiento se nos resiste todavía un poco, y lo que tenía que ser un paseo viendo ponerse el sol, se convierte en una expedición en toda regla y sin pertrechos. Las cantimploras vacías y las telarañas en las fuentes que encontramos a nuestro paso no animan, pero seguimos hasta encontrar nuestro destino manifiesto. Funcional, que en americano quiere decir que no le han dado una manita de pintura desde hace un tiempo y ya toca, pero refrescante, los 50 metros de agua en su punto son la justa recompensa a nuestra audacia e inconsciencia a partes iguales.

De ahí, volvemos a los clásicos. Primero Jefferson, un tipo de esos que ya en 1820 decía que las leyes debían adaptarse al progreso y la realidad de la sociedad. Luego Roosevelt, que medía la riqueza de la patria por cuánto sabíamos repartir entre los más desdichados. Y Luther King para acabar, que tenía la audacia de pensar en una sociedad que diera tres tiempos de comida a cada individuo, para alimentar su estómago además del alma. Claro, todos en el barrio de a Potomac-por-saco, retiraditos. Sólo a Lisa Simpson se le ocurre venir a verles y a consultarles. A Lisa y a las casamenteras ávidas de fotos y una vida buenas perspectivas.

Volvemos, ya de noche, viendo las lánguidas partidas de softball en las tardes de verano en Washington a las que se entregan sus habitantes. Esplendor en la hierba, esplendoroso el bus que nos deja en la puerta de casa.

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3 comentarios en “Iros a Potomac-por-saco

  1. Dicen que en los bosques del Potomac se aparece el fantasma de Lee y muro de piedra Jackson… paseando al anochecer y comentando la táctica del día siguiente 🙂

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