La guerra venerada.

obelisco¿Cuántos muertos caben en el corazón de una ciudad? ¿Cuántas efemérides puede conmemorar realmente, sabiendo lo que pasó exactamente? ¿Cómo de grande es la memoria de las personas que se refugian entre sus esquinas?
Washington es una ciudad de lápidas e inscripciones. La gente recorre las calles con un vaso de papel y su bebida, y un móvil en la otra, hablando sin interrupción. Sale de casa, deja de hablar con su pareja o colegas de apartamento impagable en cuatro vidas, y empieza la primera conversación telefónica. Deja a los niños en el colegio, y aprovecha para empezar la segunda discusión del día. Se pone un maillot y se lanza a correr por las calles, después de la oficina, pero no olvida su celular y su botellita de rehidratación, aunque se esté entrenando para los 100 metros lisos.

Parece que la gente va en sus asuntos, y si no tiene los busca, como evitando mirar hacia los lados y tener que leer las inscripciones que nos recuerdan tantos caídos por el imperio de la razón y las luces. Todos son nombres en las paredes, cada uno con sus apellidos y su historia. Latinos, alemanes, nórdicos, franceses, escoceses, irlandeses, hombres y mujeres, todos sirvieron a las barras y las estrellas. Todos son caras de respeto, algunas buscando unas iniciales en particular, tratando de recordar en qué sector o en qué mármol quedaron acuñadas aquellas letras tan familiares. ‘Debí apuntármelo cuando vinimos con la abuela la última vez desde Minnesota’.

Hay quien no rehuye a leer el pasado glorioso, también infame, hoy los encontramos dando vueltas por Arlington, contando lápidas con el pensamiento, como si fueran piezas de dominó a punto de caer. Un día alguien dirá lo absurdo que fue todo y por un extremo empezarán a tumbarse todas, como en esas demostraciones de los circos. En ese momento, el centinela que guarda la tumba vacía del soldado desconocido se quitará su absurda pelliza y dejará de sufrir el sofocante calor de la colina de Arlington, y a los turistas de Minnesota que se toman fotografías con él, admirados de tanto sufrimiento, de más sufrimiento absurdo.

Y Lincoln, sentado al pie de toda esa colina, se levantará como un cíclope somnoliento y huirá entre los turistas asombrados, harto de posar en su partenón particular entre discursos e ideas que nadie entendió, ni entonces ni ahora.

Fue impresionante ver el final de todas las guerras, la grandeza hecha tierra y praderas verdes. En Washington esperan más días de gloria y de infamia, dejaron mucho espacios todavía al pie de caballos y generales, para llenarlo de batallas y cifras. Nosotros tenemos suficiente por hoy, mejor reconfortarnos revisitando a los viejos camaradas instalados en la capital de las inscripciones y de la guerra venerada.

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