¿Y mira, el Pico Antonia está abierto todavía?

PicoAntoniaTodo el mundo que haya subido al Pico Antonia y a la vuelta se haya encontrado a una pareja de turistas franceses, que se prestan a dejarlos a uno en la puerta de su casa con su coche de alquiler, sabe que Dios existe, y además está de nuestro lado.

Desistiendo nuevamente de la posibilidad de alquilar un vehículo en este peñasco perdido en medio del océano, tomamos la opción del transporte colectivo. La primera parte es fácil, en el cambio de vehículo la cosa se complica. Abordamos una especie de agujero espacio temporal instalado en caja trasera de un pick-up con su toldo reglamentario, y sin saber cómo aparecemos en Rui Vaz con dos docenas más de personas, recorriendo diez kilómetros de cuestas que nos habrían supuesto dos horas más de periplo. El espacio es curvo y elástico, volvemos a comprobarlo.

Acometemos la subida, perfectamente empedrada, a un ritmo infernal, y en media hora hemos coronado el Monte Tchota, con sus radares y antenas azotados por la galerna del Cantábrico sur totalmente desatada. En ese momento es cuando uno recuerda con agrado haber resistido los cantos de sirenos, en busca de marcha tropical por los tugurios de la gran ciudad. Bien, estamos enteros, pero no tenemos fuego ni cigarrillos, camarada vigilante. Rodeamos el teleacuartelamiento y, alertados por las instrucciones recibidas en la churrasquería la noche anterior, desconfiamos de todos los caminos hasta no dar con el que nos dirige hacia nuestro destino.

La senda sube y baja, va hacia el Este y el Oeste, pero por fin se encamina hacia la base del gigante. Hay un momento de pánico, cuando la trocha parece desdibujarse entre los campos de milho reseco, pero en ese instante aparece el espíritu aventurero para salvarnos y llevarnos hasta la cima, sacando la lengua y luchando contra la ventisca. Justo en la cima, operación capota:

  • Aquí mando Tchota a mando celestial, dos elementos extraños se han hechos fuertes en la cima del Pico.
  • Los veo. Activamos capota de nubes antiexcursionistas.

En ese momento, una impenetrable masa de niebla se abate sobre nosotros, privándonos de la indescriptible visión que se tiene desde ese punto de la isla y que apenas hemos gozado durante dos minutos. Ahí se acaban dos hora y media de subida, de lucha contra los elementos y la desorientación. Bajamos a tumba abierta, damos cuenta de nuestros escasos víveres, todavía con el resuello de la subida, y conseguimos llegar a nuestro punto de encuentro con los turistas galos, no sin antes perdernos en el bosque y ser reencaminados por un alma caritativa, cruzarnos con otros turistas de esos que solo hablan entre ellos, sortear un entierro y una sesión fotográfica con los futuros pandilleros de Rui Vaz.

  • François, lo nuestro se ha acabado.
  • ¿Y para decirme eso me traes de vacaciones aquí?
  • Anda, para y sube a esos dos que están haciendo auto-stop. Parecen de los nuestros y tienen una cara de reventados que no se aguantan. Haz algo útil, por favor.

Playa con los últimos rayos del sol y una merecidísima pizza de nuestro pizzaiolo preferido, el de la esquina. La semana que viene, más expediciones topanistas por el Trópico

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