Juan, un restaurador en el exilio

Juan nos identifica rápidamente, nada más apartar con el machete a los vendedores de recuerdos caboverdianos importados desde Senegal que se han instalado en la plaza. Después de ocho años regentando el bar de paredes de troncos y techo de paja, sirviendo atún y peixe serra día sí y día también a los turistas que llegan hasta la antigua capital del archipiélago, ha desarrollado un sexto sentido para detectar a sus compatriotas.

– Así que este se queda trabajando y ustedes se van para para la península. No se preocupe usted, señora, que se lo vamos a cuidar bien.

Cuando acaba de pelearse con las cocineras y camareras, siempre en perfecto español porque a su edad no tiene sentido aprender portugués y menos el criollo, se abre una Mahou, como para recordar otros tiempos, y se sienta con los españoles rezagados por el mundo, a ver qué noticias le traen a aquel canario que cambió de islas tiempo atrás.

– ¿Para qué coño quiero yo ocho kilos de pulpo?

Es muy pesado tener que estar peleando cada día con los indígenas, sobre todos los pescadores que le llevan la materia prima, obstinados como están en no aprender la lengua del imperio. Y eso que el castillo de arriba de la montaña se hizo a pachas con Portugal, cuando sí que éramos una, grande y libre. ¡Qué tiempos! Por ahí llega el señor de la camiseta de polo con la bandera española y las sandalias con cintas rojigualdas, otro exiliado. Como el grupo de valientes marineros de nuestra gloriosa Armada, de paseo por estas costas, o la feliz pareja gallega con su guía para recién casados mochileros. Todos conocen a Juan y a su pequeña embajada-chill out embarrancada en la playa, siempre con su hilo musical de grandes éxitos del pop internacional interpretados con la flauta de pan andina.

De fondo, unos niños jugando a la pelota, zambulliéndose en el agua, un barco que llega despacio a la arena, con más pulpo todavía para Juan, unas palmeras escondiendo glorias pasadas de rutas hacia otras tierras. La tarde se pierde tranquilamente en el horizonte, exiliados un día más en el Trópico.

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