Olindo, un chófer playero

Olindo es un chófer de primera, dejémoslo claro desde el principio. Nos recibe con su cartel de Girassol Tours, el gran emporio turístico del archipiélago, a la salida del ferry que nos trae desde Santiago hasta Maio. Allí está, al final del muelle hecho a medida del único bajel que atraca donde antaño el inglés abasteciera de agua sus navíos, con la misma ilusión que cualquiera en la terminal internacional de Heathrow con el mismo cartel en sus manos.
– Oiga, ¿este transporte es para nosotros?
– Bueno, quizás. Yo espero a un grupo de cinco personas.
– En ese caso, no. Somos siete.
– Bueno, pero les puedo llevar igualmente.

Al ser inquerido por el precio, se hace el remolón y nos lleva a un aparte. Joder, Olindo, no te pases, que no estás pegando un sablazo de aquí te espero. Nada, seguimos nuestro camino hasta el hotel.

El grupo de cinco en realidad era de siete, algo de lo que nos damos cuenta al llegar a lo alto de la pintoresca villa, confuçao. Así que nos hemos marcado la travesía del desierto como la haría el maestro Topanich. Olindo, compinchado con nuestra querida hotelera local, sabe que caeremos en sus garras, tarde o temprano.

– Señora, ¿y aquí cómo se mueve uno?
– Lo mejor es contratar un transporte privado que les haga un tour de 24 horas.
– ¿Y usted conoce alguno?

Vaya que si lo conoce. Olindo ya está estacionado en la puerta, esperando a sus presas. Mientras aceptamos la realidad, desayunamos un pan con mantequilla gracias a los oficios de la reencarnación de Josephine Baker, que ha abierto un garito en un contenedor reutilizado, frente a nuestro hotel, con todo el encanto del mundo. Josephine nos prepara unos bocadillos y sin darle más vueltas nos vamos a explorar Maio con Olindo.
Olindo es un amante de la playa, en realidad se ha montado este negocio para estar cerca del mar y no dentro de una barca, que es lo que hacía antes. Así que, casi antes de salir del pueblo, ya hemos vuelto a aparcar, para ver la primera de ellas, junto a un par de empredimientos turísticos topanistas, que serían un insoportable orgasmo para cualquier okupa. Decenas de apartamentos abandonados esperan que Olindo les lleve turistas, pero nada, las hordas siguen ocupando Barcelona.

Olindo decide que quiere ir a ver a su madre, así que nos lleva a la siguiente playa, donde nos abandona por un rato y aprovechamos para dar cuenta de los bocatas de Josephine, que cocina mejor que cantaba en la otra vida. El típico ‘tiempo libre’ de las excursiones organizadas, lo normal. Para solidarizarse, se da un baño con nosotros, antes de llevarnos al siguiente punto. Como le viene de paso, saluda a su mujer, que no nos saluda a nosotros, pese a ser compatriotas. Mal rollo, ‘luego hablamos, Olindo, que me tienes contenta con la furgoneta’. En la siguiente ensenada, el tema es ‘la pesca del buzio’, y nuestro chófer insular nos muestra como una legión de pescadores se pasan el día al sol para sacar una especie de almeja antediluviana del interior de esas caracolas que tienen el mar dentro. Cuidado con poner la oreja la próxima vez.
Olindo nos lleva ahora al desierto, a ver las dunas. Pequeño motín a bordo del vehículo, los 35 grados y 100% de humedad no invitan a ir a ver el pozo de agua salobre, minado a su alrededor por la ganadería de la isla. Olindo, un tipo observador, reacciona rápidamente, y nos conduce a Praiona, pequeño paraíso para estas emergencias. Olindo nos acompaña en un chapuzón que se alarga hasta que se va la luz.

Como Olindo es un tipo que cumple, decide acabar la vuelta a la isla, que no se diga de la seriedad isleña. Uno a uno, aunque sea a oscuras, entramos en todos los pueblos de nuestra ruta, en los que damos el preceptivo paseíllo. No sabemos si es una costumbre local, ni si nos enseña cada villorrio o, al contrario, nos enseña al personal del villorrio, para que puedan hablar de algo aquella noche.

Olindo, nuestro chófer playero, nos devuelve a nuestra casera, sanos y salvos y con el tour cumplido tal y como fue contratado, justo a tiempo para encargar la cena a Josephine. 

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