Luz verde

– Si me permite, voy a hacerle la seguridad.

Como si a uno le fueran a hacer la manicura, la señorita especialista en terrorismo internacional nos hace unas interrogatorio pret-a-porter de lo más intenso. No descubre ni sospecha en ningún momento que somos un comando de inteligencia y contrapropaganda, a punto de abordar el vuelo a Miami, pertrechado de cámaras, micros, cinta aislante y todo lo necesario para hacer la guerra psicológico-informativa.
Dentro del avión, descubrimos con alivio que nuestra línea aérea todavía conserva intacta su bodega de caldos franceses. Que el vuelo vaya medio vacío ayuda a que te puedas poner cómodo y a que toques a más botellas por barba, con lo que lo aprovechamos para disfrutar de nuestra propia compañía.

El comando topanista llega por fin a Miami. El teniente Echevarría nos delata, poniendo una A en la ‘forma’, lo que nos conduce, después de la primera barrera, a unos rayos X que tampoco impiden que pongamos pie en la tierra de las oportunidades. El 37 nos conduce hasta el Miami Springs Inn, una localización perfecta para cualquier drama de perdedores americanos, doblando la esquina de la pista de aterrizaje. Una Modelo adquirida en el karaoke peruano de la esquina nos sirve para darnos un breve homenaje, ese sorbo que te da la bienvenida y te proporciona la perspectiva del viajero que toda puerto.

Por la mañana, volvemos a nuestro bar preferido en la ciudad, pero tampoco conseguimos que la camarera latina se comunique con nosotros en la lengua que unía al imperio. Por suerte, café se dice muy parecido, no hay problema para recomponerse con un wafle tamaño Nuevo Mundo y volver a tomar el 37 de nuevo, de vuelta al avión. A las pocas hora aterrizamos en El Salvador.

– Pero yo necesito una dirección donde se alojen para dejarlos entrar.

El primo de Echeverría nos hace pasar un momento de pánico, que se resuelve a golpe de smartphone. En la aduana, el semáforo nos sonríen con una oronda luz verde y El Salvador se abre ante nosotros, llenos de cartelitos de hoteles de lujo que no preguntan por nosotros. Con el alijo de jamón serrano y queso manchego sano y salvo, esperamos a Chambita, quien nos lleva a nuestra primera cita con el guión.

Luces, cámara y acción. ‘Quién paga el mariachi, elige la canción’ echa a andar, no hay vuelta atrás.

PD. Si descubre el espía del partido contrario en la foto, gana un super wafle de nata y fruta.

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