Nouvelle cuisine moçambicana

El día ha empezado asaltando la cocina para conseguir un poco de té y con un encuentro en la cassimba del mato entre dos todoterrenos, a la hora indicada, en el lugar convenido. De la niebla ha emergido nuestro contacto, cual escena de la Viena de El Tercer Hombre, quien nos ha llevado a empezar el tour nuestro de cada día. En pocas horas hemos visto el repertorio de letrinas tradicionales más surtido al norte del río Limpopo, con sus techos de paja, sus paredes de cañizo y sus entrañables tip-tap, lavaderos para manos que funcionan accionados por los pies, para que usted no se lave y luego se ensucie. Exquisito, lo que le faltaba a Jane y a Tarzán en la cocina, una cucada.
Luego nos hemos dado a lo último en técnicas culinarias tropicales:

– Señora, ¿cómo cocina usted las setas disecadas?
– A mí me sale muy bien friendo el maní primero, esperando que se haga una salsa y añadiéndolas luego. Si se quiere, se puede poner un poco de gacela, para chuparse los dedos, oiga.

Más tarde, recepción en la escuela de cocina y degustación de platillos con nombres que un servidor no alcanza a recordar: yogures de frutas del bosque que no son yogures, mermeladas como el betún, pasteles de harina de mandioca y de tapioca (sí, de donde el coronel aquel), pan de mandioca, infusiones de moringa;  el paraíso del gourmet tropical.

Acabamos nuestras entrevistas y nos damos a la última cerveza en nuestro quiosco preferido. Mañana, salida para Inhambane, a ver nuestro querido Océano Índico.

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