Taxi al Amazonas

Cuando Nelson llegó al nuevo aeropuerto de Quito, pensaba que aquellos dos eran los últimos pasajeros que llevaría en su taxi antes de irse a su casa. No se habían bajado del vehículo, cuando tres exaltados con mochilas de la tribu Quechua le asaltaron en medio de la calzada:

– ¿Cuánto nos cobra por ir de vuelta a Quito?

No tuvo que regatear, les enseñó las tarifas emplasticadas que guardaba en la visera, y se montaron con cara de resignación o de turista entregado a la evidencia.
Algunos kilómetros más allá, alguien hizo la pregunta-chiste de rigor, una vez se había pasado el cabreo monumental por haber comprado el billete al revés (es decir, de Coca a Quito y no de Quito a Coca, un detalle sin importancia) y no poder coger el vuelo:
 
– ¿Porque, Nelson, cúanto cuesta ir a Coca en taxi?

Los intrépidos viajeros hicieron algunas sumas y divisiones en su cabeza. De repente, pudieron saborear el sabor de la aventura en sus labios:

– Pare aquí y lo pensamos. Bueno, lo primero es si tú quieres llevarnos.
– El problema es que no conozco el camino. Quizás en aquella gasolinera me digan cómo llegar.

Cinco horas por delante y un croquis garabateado sobre la papelera de una estación de servicio, no se necesita más para llegar al corazón de la Amazonía ecuatoriana. Como en un remake de “La Quinta del Porro”, Nelson y aquellos viajeros topanistas se dispusieron a atacar la impenetrable selva desde las cumbres andinas. Un volcán nevado al fondo acabó de poner la estampa de leyenda para una nueva tribulación de Laslo Topanich y los seguidores de la religión verdadera.

Pronto supieron que innumerables riesgos les acechaban en el camino:

– En realidad llevo despierto desde las 5 de la mañana, yo ya me iba a descansar -dijo Nelson dando los primeros síntomas de agotamiento-. En realidad es la primera vez que salgo de Quito, yo soy de provincia, ¿saben?

Terror entre las filas topanistas. Una trucha frita, en la parada camionera de Baeza, recompuso a la comitiva, Nelson pareció coger nuevos bríos a los mandos de su Toyota amarillo New York.

-¿Ese ruído? Se acabaron las pastillas de freno, creo.

De ahí hasta el final fue un duermevela, una lucha contra el sueño y las ansias de Nelson de batir el récord de su pueblo en el rally Quito-Coca-Quito.

Por fin, el Coca apareció tras un cartel en la noche, y sus amplia avenida del far-west, jalonada de policías tumbados que Nelson insistía en tomar comerse a 100 Km/h.

¿Volvió Nelson a tiempo para servir el desayuno en su casa y devolverle el taxi a su cuñado? Nunca lo sabrán nuestros queridos viajeros. Cayeron rendidos, soñando con su cuentaquilómetros, casi olvidado ya el Quito colonial de una tarde de granizo.

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