Un cuento granadino

En esa estancia, llena de cachibaches de cualquier época, chocoyos que gritan, hamacas que se mecen solas, fotos de mejores tiempos y cuadros que repasan la historia familiar, se cuecen a fuego lento los cuentos que tanto nos gustan oir a nuestros mayores y descubrir a nuestros pequeños. Los granadinos cuecen a fuego lento sus ocurrencias y su chismes, impregnados de un aroma a tanino de roble y alcohol de caña, y luego van pasando de mano en mano hasta convertirse en el relato verdadero de sus vidas, que gustan desgranar en largas y perezosas mañanas como ayer.
Si no hubiera tenido que regresar al campamento base en Managua, allí estaría todavía oyendo hasta el último cuento que recordaran mis queridos anfitriones. Tantos años sin vernos dan para mucho y un día es poco para actualizarse, y ver los escasos cambios de la antigua capital nicaragüense. Hasta la mamá, ya centenaria y con el oído recuperado para hablar conmigo, sigue en su mecedora de la isla del lago, esperando coqueta que llegue el día en que su doctor cubano de ojos azules le pase consulta.

Gabo no se inventó nada, seguro que tenía unos amigos como los míos por su tierra, de los que aprendió todo lo que nos contó en sus libros. Un día me animaré a contarles la historia de Chico Largo, el alma en pena que guardaba una vasija llena de doblones de oro en los campos de maíz de la isla de Ometepe, y que sólo se le aparecía a uno la noche de Viernes Santo si una flor de malinche caía al suelo ante nosotros.

Si no me creen tómense un roncito más.

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