Trata de blancas

A la altura de Loma de Tiscapa, un muchacho se acercó al taxi y le puso en la mano un folleto de propaganda de un night-club, con una muchacha de espectaculares proporciones haciendo contorsiones alrededor de una barra metálica. 

Don Julio me miró por el espejo retrovisor: 
– Yo no veo que los españoles vayan mucho a estos lugares, ¿verdad? Yo fundé uno, allá por carretera Masaya. Pero me salí hace un año, y luego vino el problema con la policía, nada tuve yo que ver. 
A golpes con el tráfico de Managua, siguió con su relato: 
– Y sí, yo hacía mis bussines con los gringos que llegaban con los cruceros a San Juan del Sur. Cada chica que les llevaba en el taxi, 500 dólares. Luego yo les daba a ellas 350 dólares, cuando llenaba el carro con cuatro, me sacaba mi plata. Pero nunca tuve nada que ver con la trata de blanca, puede estar seguro. 
La colección de rotondas de dudoso gusto artístico, decoradas aprovechando una oferta de leds chinos como si fueran un belén durante todo el año, se sucedía como fondo de su historia: 
– En realidad yo fui de la contrainteligencia militar durante la época sandinista. Yo formé a mucha gente en este país, no se olvide que soy segundo dan de taek-won-do, campeón de las Espartaquiadas en Moscú 84.  Trabajé de agregado militar en Washington, asesor personal del Ministro de Defensa. Todos los gobiernos han venido a buscarme, pero yo ya me debo a mi familia.
Después de recoger el boleto del bus de vuelta a El Salvador, Executive Class, me acompañó a ver a otro camarada, sito en la fritanga de la Centroamérica, y continuó desgranando su biografía: 
– Yo hice la guerra de liberación en la montaña, tres años. En la ofensiva final, tuvimos que apoyar a los compañeros en Managua. Mi columna era la “Caza Perros” y nos tocó acabar con la mitad de los francotiradores panameños que contrató Somoza. ¡Vieras como caía la sangre del techo de las casas cuando los ametrallábamos desde dentro! 
De repente, el taxi se detuvo a trompicones: 
– ¡Púchica! Se no fue la onda y no pusimos combustible. Allá hay una bomba, vea. Empujemos el carro hacia la izquierda.
En medio de la autopista de dos carriles por sentido, empujamos el Lada y atravesamos las columnas de automóviles que intentaban esquivarnos como podían. Por suerte, el Señor hizo la obra, y la calle era de bajada. Suavemente, aterrizamos en una gasolinera que el Todopoderoso, de acuerdo con la Shell, había ubicado allá. 
Más tarde, con una Toña en la mano, esperando al camarada topanista, me tocó recomponer en mi cabeza el relato de Don Julio. En Nicaragua nunca sabe uno qué le puede pasar y qué puede aprender cuando sube en un taxi.

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