Repeinados en Bilbao

La imagen del hombretón del norte, rudo y emboinado, es absolutamente falsa. Se llevan los polos lacostianos, mocasín y jeans fashion, todo aderezado con su Rolex y buga de mucha caballería. Cuando decidieron abrir un museo, hartos de fabricar chapas, contrachapas y llaves inglesas, le pusieron un perro de flores para que lo guardara, una cosa de categoría
Algo más humilde y popular, la expedición topanista, la parte masculina, se ha dedicado en la mañana a buscar alimentos por el centro de la villa, mientras la parte femenina se cultivaba en el citado museo, fieramente guardado por el perro floreao. Oiga, ni un maldito paki que nos ofreciera, algo que echar al camping gaz, ni un solo súper, ni un sólo ultramarinos. Ni el Corte Inglés se rebaja a vender comida, se supone que todo el mundo, a parte de la caballería motorizada, tiene su carnet en el choco gastronómico correspondiente.
Como dos almas en pena, hemos utilizado los grandes almacenes para evacuar, en sibilina venganza, y hemos podido localizar un pollo transportable, del que poco tiempo después hemos dado buena cuenta en los acantilados de Sopelana.

Justo antes de que la policía montada municipal nos imponga una multa por estar mirando demasiado tiempo la playa, hemos puesto rumbo a Liébana, a deleitarnos con las largas sobremesas y el dolce fare niente.

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