Chiringuitus perfectus

A Marcus Maximus le toco hacer la mili en una de las cinco cohortes estacionadas en Gonio, a la sazón (estamos hablando de la quinta del 327 D.C.) una de las guarniciones más alejadas que podía esperar, en la frontera este del Imperio. Cuando acabó el servicio, sin muchas perspectivas en su pueblo natal del Tarraconensis, decidió establecer un pequeño negocio a escasos metros de la guarnición, para aprovechar la nostalgia de los que como él había ido a parar a tan lejano confín, y ganarse unos buenos sextercios mientras aquellos legionarios bebían vino georgiano y contemplaban el mar.

Hoy el susodicho establecimiento se llama Malibú, y sigue siendo uno de nuestros chiringuitos preferidos, con tres estrellas en la correspondiente guía que alguien tiene que encargarse de hacer ya, porque se está perdiendo el espíritu chiringuitero:

– Primero, nada de pretensiones estilísticas. Un chiringuito de playa que se precie tiene el techo de paja y el suelo de tablones de madera, sin pulir. Se acepta pintura, desconchada a ser posible. Sillas de plástico o madera, ante todo cómodas; no nos sirven los puffs aquellos de los que uno se cae para todos los lados, ni las tumbonas. Estamos bebiendo y charlando, no tomando el sol. De noche, las velitas, sobran; algunas luces bien puestas pueden crear la misma atmósfera de intimidad.
– Segundo, la bebida. Cerveza fría, nacional, barata, servida al instante. Se puede admitir algún tipo de cóctel, la mirinda para las niños y poca cosa más. No tienen cabida aventuras alcohólico-gastronómicas que tardan media hora en llegar al paladar, que nadie sabe cómo se llaman y de las que sólo puedes catar una, si no quieres acabar lavando los platos para pagarlas.
– Tercero, la música. Se recomienda al tío Bob, no falla. Música a un volumen discreto, no estamos bailando, ni nos importa la última remezcla del dj de la discoteca que triunfa este año. Un chiringuito siempre debe ser respetuoso con los bañistas que lo rodean, forma un ecosistema con ellos.
– Cuarto, distancia a la playa. Veinte metros a la orilla de la marea más alta, como mucho. Más de eso, se considera excursión para llegar a él.
– Quinto, el servicio. Imprescindible, camarera interesante y simpática. No tenemos nada que ver con tu mala leche, nano, tus ínfulas artísticas no satisfechas o tu resaca mortal, sólo queremos una cerveza bien fría.

Así lo dejó dispuesto Marcus, y así se ha venido cumpliendo en este rincón del Caribe georgiano, repleto de concesiones al imperio, en este caso el soviético. Esta noche, tren nocturno hasta Tiblisi.

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